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El cabrito negro[]

The black Goat

Es una novela del genero terror psicológico y demonológico escrita por el autor Marcos Orowitz, que también fue adaptada a un cuento para formar parte de la obra El señor de los cuentos.

Cortesía: Giulianna pharrel

Traducción: Ingles - español

Capitulo: 1 De conocimiento publico[]

Paginas: Desde la 5 y posteriores

Será mejor que cierres bien las puertas de tu casa y no permitas que tus hijos se alejen de ti.


Sinopsis[]

Yo siempre supe que nosotros, el viejo escuadrón de sexagenarios, teníamos los días contados. No era sabiduría, era instinto: ciertas cosas se sienten en la piel, como un temblor ligero antes del terremoto o el olor a metal quemado antes de que algo se rompa. Ese verano caluroso un viejo rival emergió de las profundidades, más viejo y podrido que cualquier rumor. Salió del abismo con la intención clara de cobrarse cuentas y nos encontró viejos, sin fuerzas y listos para la tumba.

Esa tarde un grupo de niños jugaba cerca de la ribera, a unos pasos del río, con la despreocupación de quien todavía cree que el mundo es sólo risas. Y entonces sucedió: la figura deformada de la criatura se abrió paso desde dentro de un ceiba speciosa. La corteza se desgarró con un crujido como huesos. El árbol vomitó la cosa, que salió entre astillas y polvo, y avanzó hacia ellos con esa lentitud feroz de las pesadillas. Los chicos vieron la masa moviéndose y echaron a correr, gritando como si llevaran el infierno pegado a la espalda. Uno tropezó, cayó de boca en la maleza y no pudo levantarse porque el tobillo se le torció como un palo viejo. La criatura se acercó pausada, puso el dedo índice sobre los labios del chico en un gesto de silencio —como un ladrón experimentado—, lo tomó de un pie y lo arrastró de vuelta al árbol de donde había salido. Los otros no vieron esa parte: corrieron sin volver atrás y se internaron en el monte hasta perderse. Los encontraron horas más tarde, temblando y sucios, gracias a unos cazadores furtivos que andaban por la zona.

La noticia no tardó en convertirse en rumor y luego en algo peor: pánico. Tomás, uno de los chicos, había desaparecido y la noticia se expandió por el pueblo como pólvora. Los niños que sobrevivieron fueron llevados al destacamento y el jefe de policía les tomó declaración uno por uno, no tanto por piedad como por incredulidad: en este pueblo ya habían tenido casos de críos que fingían desapariciones para reclamar atención o pelear con sus padres. Los políticos —siempre con la mano en la billetera ajena— apretaron al jefe: “investiga, pero no uses recursos municipales en bromas”, le dijeron, porque la última payasada les había costado gasoil, patrullas y la paciencia de los bomberos.

Yo escuché todo eso sentado en el bar que era mío. Estábamos ahí, los viejos de siempre, con cartas y cervezas. El lugar olía a humo y a recuerdos rancios. De pronto entró Leo, el vagabundo del pueblo, que venía a ganarse un trago soplándole la sopa a Pedro. Entró jadeando, la voz quebrada: que el demonio había regresado. “¡El demonio regresó, el demonio regresó!”, gritó. Pegamos un salto, las cartas cayeron, y lo apretamos hasta que dijo algo coherente.

—¿De qué estás hablando? —le preguntó Pedro, sujetándolo del brazo.

—En el destacamento —dijo Leo con voz de quebranto—, un grupo de chicos dice que algo los atacó y se llevó a uno de ellos.

—¿Y dónde fue eso? —insistió Pedro.

—No lo sé… no estuve allí, no vi nada, déjenme en paz —balbuceó, tambaleándose.

Como siempre, no nos quedamos quietos. Subimos a la camioneta y fuimos al destacamento. Afuera había gente, padres y familiares, y la tensión era una manta pegada al pecho. Me abrí paso entre ellos hasta Ezequiel, el padre de uno de los chiquillos, y le pedí, sin vueltas, que me contara lo que su hijo había dicho. Ezequiel apretó las manos y contó que los chicos jugaban al pie de la ribera cuando un duende horrendo salió de un árbol y los persiguió; corrieron hasta la ruta y toparon con los hermanos Ayala, que los encontraron cazando; ellos los trajeron de vuelta, pero al tomarles declaración se dieron cuenta de que Tomás faltaba.

Yo lo supe al instante, por el gesto de Ezequiel y por la forma en que la gente contenía la respiración. Solté, casi sin pensar: “Lo sabía. El hijo de puta regresó.” Ezequiel me miró como si no entendiera y yo añadí: “¿Quién si no? El bastardo Pombero. Ese perro nos engañó una vez y sigue vivo.”

Volvimos al bar y sacamos viejas fotos como si fueran reliquias: ahí estábamos nosotros, más jóvenes y aún no tan rotos, con el cuerpo de ese engendro quemado a nuestros pies. “Hace cuarenta años yo mismo lo eché al fuego”, dije, golpeando la mesa con la palma. “Ustedes vieron lo que pasó. ¿Cómo carajo volvió a sobrevivir?”

Simón intentó salvar el día con pragmatismo barato: “Podría ser una broma. Uno nunca sabe.” Santiago propuso esperar a que todo se aclare. Pero esas palabras no me calmaron. Cerré el bar, bajé al sótano y saqué mi vieja escopeta de doble cañón. Me acosté con el arma en el pecho, rodeado por el olor de nafta y recuerdos. Dormí poco y mal.

A la mañana siguiente, mientras limpiaba, oí por el altoparlante la convocatoria a la plaza. Ernesto, el jefe de policía, estaba haciendo anuncios en voz alta y la gente se congregó. Salí y me acerqué. Me preguntaron varios vecinos qué sucedía y yo les dije la verdad: que no lo sabía. Ernesto, que nunca me quiso, vino directo a decirme que el niño no había aparecido y que estaban reuniendo voluntarios para el rastrillaje. “¿Te sumás?”, me largó. Le dije que esa tarea no era para mí, que mi trabajo venía después. Ernesto me respondió con ese aire de instructor que creen que da autoridad: que los tiempos cambiaron, que ahora había gente secuestrando niños y fingiendo fenómenos, que no necesitaban agitadores.

Se calentó, me habló de su padre, Joaquín, y yo sentí la costra vieja abrirse. Yo sabía la verdad —Joaquín había sido de los nuestros, uno de los que había ayudado a acabar con el Pombero— pero su hijo no creía en historias de duendes. “Hazme un favor, Pedro, mantente al margen”, me dijo con desprecio. Me di media vuelta y volví al bar. En su cabeza aquello era un expediente con papeles; en la mía era una herida que volvía a supurar.

Esa tarde la policía acampó en la ribera y el rastrillaje comenzó con un ejército de vecinos. Encontraron prendas rotas y manchas de sangre que coincidían con la ropa de Tomás. No le dijeron nada a la familia hasta hallar el cuerpo —o eso dijeron—, y al caer la noche Ernesto ordenó levantar el campamento: no quería que los políticos lo castigaran por derrochar recursos. La orden sonó fría.

Mientras la gente volvía por la senda, uno afirmó haber encontrado la ropa del niño. Leo, el vagabundo, que seguía dando vueltas por ahí, lo oyó y salió disparado hacia mi bar como una furia. Abrió la puerta y gritó con la voz hecha trizas: “¡Encontraron la ropa del niño! ¡El demonio se lo comió!”

—¿Qué dices, Leo? ¿Estás seguro? —le pregunté, dejando el trapo en la barra.

—Claro —dijo, con la mirada perdida—, levantaron el campamento; no quedó nadie en la zona.

—¿Y los padres del niño ya lo saben? —insistí.

—Pues no lo sé… no estuve allí… no vi nada… nada… déjenme en paz —balbuceó y se echó hacia atrás, como si algo lo olfateara.

Sin pensarlo, cargué la escopeta, una caja de granadas que guardaba por si acaso, un ovillo de cuerda y dos bidones de gasoil. Lo metí todo en la camioneta y me fui a buscar a los viejos. Sabía que no podía ser de otra forma: los años nos juntan cuando hay sangre en el aire.

El jefe, Ernesto, intuyó que apareceríamos y jugó a la trampa: dejó la patrulla escondida detrás de unos matorrales, apagó las luces y se quedó dentro junto a Norman, un pibe con uniforme que apenas tenía tres meses de experiencia. Nosotros, incrédulos y cabreados, nos acercamos por la rivera. El aire olía a humo y algo más, como a cosa vieja que vuelve a prender. De golpe, el patrullero empezó a llenarse de humo. Ernesto intentó abrir la ventana y no pudo; las puertas estaban trabadas. El humo se hizo denso, los bomberos llegaron tarde y una llama estalló en los asientos traseros. En el caos Pedro —sí, yo— desenfundó y disparó tres veces al parabrisas, y escapamos a los empujones por donde pudimos.

Con bomberos y ambulancias por los alrededores, dimos la vuelta por el río y entramos al monte por detrás. Estacionamos la camioneta entre unos pinos y bajamos con todo lo que habíamos traído: linternas, armas, palabras bravías. “¡Sal de ahí, maldito engendro! Tengo un cabrito negro para ti”, grité sin pensar en el ridículo. Antes de que terminara la frase, el Pombero estaba frente a nosotros, con la cabeza de Tomás en la mano: el rostro despedazado, sin nariz, sin ojos, sin labios, una máscara hecha jirones que aún goteaba. Levantó la cabeza y sonrió como un idiota: “Perdón, es que la cabeza es la parte más difícil de comer. Tiene muchas cavidades; hay que hacerlo de a poco.”

Simón quiso romperle la boca con un insulto: “¡Cállate, basura! ¿Has matado a un niño?” El demonio se burló y nos nombró con voz cortante: “Pedro, Simón, Santiago, Felipe, los discípulos del carpintero. Cuarenta años después, y aquí están: viejos decrépitos y disfuncionales.” Fue como sentir una mano fría en la nuca. Le dije que no habíamos venido a rememorar, que habíamos venido a enterrarlo de una vez. Felipe apuntó con la escopeta y disparó, pero erró. La cosa se desvaneció entre la maleza como una sombra que entendiera de atajos. El estruendo del disparo alertó a Ernesto, que estaba al otro lado con los bomberos. Subieron a la patrulla y se dirigieron al lugar del disparo.

Cuando llegaron vieron la camioneta y descendieron, linternas en mano, llamando: “Pedro, soy Ernesto, sal de ahí”. Nosotros ya estábamos en el corazón del monte cuando comenzamos a oír un susurro que repetía nuestros nombres. Era como si la propia vegetación murmurase, y cada palavra la sentías en los dientes. El demonio nos estaba empujando hacia las profundidades, hacia un sitio donde la naturaleza se vuelve maquinaria de pesadilla. Disparamos a cada sonido; la noche nos devoraba. Ernesto y Norman, por su parte, escucharon disparos a lo lejos y una explosión que los hizo dar marcha atrás. Perdidos, empezaron a dar vueltas en círculos hasta que el Pombero se les apareció delante con la cabeza de Tomás en la mano. Ernesto intentó sacar el arma, pero la mano le tembló y puso el dedo en el gatillo: se voló un pie. Cayó retorciéndose. Norman intentó socorrerlo. La criatura saltó y alzó la yugular de Ernesto con dientes que parecían de roca, bebiendo la sangre caliente como un licor. Ernesto intentó otra vez, y la pistola se disparó; la bala impactó en la cabeza de Norman. Horrorizado, Norman intentó levantarse, pero el demonio lo fulminó golpeándolo en la frente con la cabeza decapitada de Tomás hasta matarlo. Luego lo agarró de un pie y lo arrastró por el camino que conducía al ceiba speciosa.

Mientras la muerte se llevaba a los policías, nosotros —Pedro y los viejos— luchábamos por encontrar la salida del monte. Nos costó la noche entera: la maleza es un laberinto y la oscuridad un oficio. Al final salimos por puro instinto y por la pequeña brújula que Felipe había escondido en la empuñadura de su cuchillo de caza: “Siempre al norte, siempre al norte”, repetía como un mantra. Lo aprendido con los hermanos Ayala, en tantas jornadas de caza, nos salvó.

La desaparición de Ernesto y Norman explotó en el pueblo: ahora no solo faltaba Tomás, sino también dos efectivos de la policía. El patrullero apareció del otro lado del río sin ocupantes y la rumorología volvió a crecer como hiedra. Ante tanta incertidumbre, yo reuní a la gente en la plaza. Me subí a una tarima de madera, agarré el megáfono y empecé a hablar, porque alguien tenía que decir la verdad con voz alta: había una entidad maligna en el pueblo que venía con sed de venganza. Les hablé de la leyenda que todos conocíamos: un duende o espíritu al que llamábamos Pombero, que había desaparecido hace cuarenta años después de que nosotros lo arrasáramos y lo arrojáramos al fuego. Les expliqué que la primera vez apareció en las cercanías del río y que, entre apariciones a los niños, exigía un cabrito negro para usarlo como transporte, una cosa que sonaba a cuento hasta que uno veía las cabezas colgando.

Les conté cómo, en aquel tiempo, la gente pagó el precio y cómo yo lo crucé por última vez; les dije que esa cosa había jurado volver y que yo lo había oído con mis propios oídos: “Volveré por ti y te arrastraré al mismísimo infierno por no cumplir el sacrificio”, me había dicho. Yo sabía que no hablaba en metáforas.

La plaza escuchó en silencio, la noche nos hizo juramento y el pueblo empezó a comprender que aquello no era ninguna juerga de adolescentes. El rumor se extendió hasta los confines del bar. Podían decir lo que quisieran, podían hablar de bromas, pruebas y papeles, pero la sangre en la ribera, la cabeza despedazada de Tomás y los dos policías muertos no eran inventos. El Pombero había vuelto, hambriento y burlón, y ahora —como aquel viejo me lo había dicho en la oscuridad— pedía su precio: un cabrito negro para volver a cabalgar por el mundo.

Su petición era simple y grotesca: un cabrito negro a cambio de dejarnos vivir en nuestro mundo y no maldecir a los habitantes. Nadie quiso complacer esa monstruosidad. Se barajó la idea de llevar al párroco Juan al lugar, enfrentar al demonio con rezos y cirios, pero aquello se volvió un frenesí del que sólo salió sangre. El primero en morir fue el cura: apareció su cabeza colgando en la puerta de la capilla como si la misma casa bendita hubiera escupido su vergüenza.

Después vinieron dos chicos que volvían de la escuela, luego Pablo, el recolector de residuos del municipio, y por último Matilda, la hija del intendente Aurelio. Sobre Matilda debo detenerme un segundo, porque su nombre aún me hace retorcer el estómago.

Cuando el Pombero mató a Pablo Andrada —un chico que pasaba sus días entre bolsas de basura y tubos rotos—, algo cambió en la gente: la unanimidad apareció como un animal hambriento. Decidieron darle al demonio lo que pedía: una cabra negra. Pensaron que la maldición terminaría con ese gesto, y por un rato eso pareció verdad. El pueblo volvió a la calma. La gente lloró, enterró, olvidó en la medida humana que puede olvidarse de la sangre.

Pero la estupidez es un arma de doble filo: un cazador furtivo llegó desde afuera, un tipo que ignoraba la historia del lugar y, adentrándose en el monte en busca de aves y conejos, topó con el cabrito negro. No lo pensó: lo remató con una escopeta, como quien cierra una cuenta. El Pombero, cuando salió de su guarida a buscar su cabrito, encontró al hombre desollando al animal. Se le vino encima, le abrió el rostro con las garras y el cazador nadó como una rata hasta cruzar el río, porque esa cosa no puede nadar. Llegó a mi bar hecho un desastre buscando un trago y para mí fue él quien contó la historia, medio sin sentido, medio vomitando miedo.

Lo echaron del pueblo a la carrera; le recomendaron que jamás volviera. Y esa misma noche, el Pombero cobró venganza. Trepó la pared exterior de la casa del intendente Aurelio, entró a la pieza de su hija y le cortó la cabeza. No es una metáfora: la cabeza de Matilda voló y quedó, fría y terca, como una garra más del horror sobre la almohada.

Al día siguiente, después de un velorio que olía a jabón barato y a incredulidad, Aurelio juró que acabaría con el fenómeno. Entregó armas e insumos a Joaquín —el viejo jefe de policía, padre del por entonces ausente Ernesto— y le pidió que mandara al infierno a ese engendro de una vez por todas.

Por entonces el destacamento era un chiste triste: Joaquín y una secretaria vieja, Herminia, que hacía de todo: papeleo, teléfono y consuelo en horas muertas. Fue Herminia quien pasó por el bar donde trabajaba, el bar de mi padre, sabiendo que allí se reunían los hombres más duros del pueblo para echar cartas y alcohol. En una charla corta pero cargada de propósito, reunió a cuatro de nosotros: Simón, Santiago, Felipe y yo.

Cargados de balas y de voluntad, nos internamos en la espesura. Acampamos, aguardamos y, cuando por fin hicimos contacto, la primera ráfaga cayó como una sentencia. Llevamos al demonio hasta la ribera, a pocos pasos del río. Lo acorralamos y entonces la cosa recurrió a algo que no esperábamos: ataques telepáticos. Me acuerdo de Joaquín como si fuera una sombra que lucha. De pronto perdió el hilo, la mirada se le fue, y en un arrebato de confusión terminó apuntándose un .38 a la cabeza y volándose la tapa. Fue como ver caer un viejo roble por dentro.

En medio de esa conexión dañina, Felipe no lo pensó: levantó la escopeta y le pegó al Pombero en el pecho. La criatura se hundió en la maleza como un saco que se desploma. Nos acercamos y, contra todo pronóstico, aún respiraba. No sé si aquello era fuerza de voluntad o pura maldad, pero respiraba. Ataqué con la cuerda que llevaba, lo até entero, lo dejamos como una momia grotesca y prendimos fuego.

Mientras las llamas lamían su pelaje, el Pombero habló. Y la voz salió de su hocico como un fiato viejo y cavernoso, algo que caló los huesos: nos ofreció una oportunidad que él no tuvo. “Lárguense”, dijo, “y no vuelvan jamás.” Nos taladró con esos ojos vacíos y continuó: “Ustedes no saben lo que están haciendo. No puedo morir. Si lo intentan, volveré por cada uno de ustedes y el sufrimiento será peor que la muerte.” Todo eso lo dijo mientras sus mugidos se mezclaban con el crepitar del fuego. Me asustó de verdad la primera vez que lo escuché; hay tonos que uno no olvida.

Simón, siempre con la cámara en ristre como si aquello fuera un reportaje, nos retrató junto al engendro: fotos de nosotros jóvenes y blasfemos frente al horror. Esas fotos aún cuelgan en la pared del bar. Luego, cuando ya no pude más, agarré el cuerpo entre mis brazos y lo arrojé a la pira. El Pombero empezó a gemir de una manera que hizo eco en mi cuerpo; eran alaridos que reventaban el aire como un ejército de animales muriendo. Me tapé los oídos para no reventar los tímpanos. Cuando por fin dejó de moverse, recogimos el cuerpo de Joaquín y lo subimos al patrullero para llevarlo al pueblo y darle sepultura cristiana.

Horas después no quedaba más que un montón de huesos negros y una mano torcida; recogimos las cenizas, las arrojamos al río y nos fuimos.

Pasaron cuarenta años sin un caso igual. Las generaciones siguientes transformaron todo en relato turístico: leyendas para atraer visitantes y, de paso, algún peso en el bolsillo. Nadie volvió a hablar en serio del Pombero hasta ayer, cuando la policía encontró la ropa de Tomás durante un rastrillaje. No perdimos el tiempo: los mismos protagonistas de antes nos volvimos a internar en el monte, cruzamos la ribera y nos dirigimos al lugar donde una vez le dimos muerte.

Pero el demonio nos sorprendió. Se plantó en medio de nuestro camino como si hubiera estado esperándonos. Tras una discusión que terminó con la escopeta de Felipe fallando, la criatura se evaporó entre la maleza. La oscuridad la abrazó y nosotros fuimos tras ella: talamos la noche con linternas y con odio. La vimos sentado, como un viejo que se rie de tu intento; yo lancé una granada y la explosión nos pegó a todos contra el suelo. El Pombero desapareció entre el humo y la pólvora, y en la confusión nos internamos demasiado. Caminamos horas sin rumbo hasta que, gracias a la vieja brújula en la culata del cuchillo de Felipe, volvimos al pueblo. “Siempre al norte”, repetía él como un rito.

Así estoy hoy, frente a ustedes, invitando a hombres y mujeres a sumarse a esta expedición de la muerte para capturar al Pombero antes de que sigan desapareciendo chicos.

Cuando terminé de hablar, muchos de los jóvenes presentes me miraron como si hablase de cuentos de la abuela. Me tacharon de loco, embaucador y borracho; alguno hasta me arrojó lo que tenía en la mano. Tuvieron que sacarme de la tarima y llevarme al bar cubriéndome la cabeza para evitar que me desollaran en público.

—Deberíamos dejar que el demonio los mate uno por uno —dije en el bar, escupiéndoles la verdad—. Así entenderán que no inventamos nada.

—Yo prefiero esperar —me respondió Simón con cautela—. La mayoría de esta gente no supera los cuarenta; ni siquiera conocen la historia que sus padres contaban.

—Yo propongo tomar las armas de nuevo y terminar con esto de una vez —dijo Felipe con ojos que chispeaban.

—¿Morir por esta gente? Nunca —les contesté—. Mirad cómo nos trataron; casi me linchan.

La maldad no esperó a nuestros debates. Leo, el vagabundo, solía dormitar a la orilla del río por las tardes. Le advertimos que no lo hiciera, que la zona era peligrosa. Pero Leo era lento; su memoria era un colador. Una tarde, mientras dormitaba bajo la sombra de un árbol, el Pombero lo sorprendió. Le ató los pies y empezó a escupirle, gritando con una voz toda dentellada: “Arriba, vamos, arriba. ¿Cuándo despertarás de ese sueño miserable?”

Leo quitó el sombrero del rostro, parpadeó y se encontró frente al demonio. Intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron; cayó de rodillas y rogó por su vida: “Por favor, no me mates, señor demonio.” El Pombero cogió el sombrero, se lo puso y dijo que le gustaba. Leo, en su borrachera, se lo ofreció como ofrenda: “Sí señor, se lo regalo. Es suyo.”

—¿Cómo te llamas? —preguntó la cosa.

—Soy Leo —balbuceó—.

—¿Eres cazador? —dijo el monstruo.

—No señor —dijo él—. Soy el soplón del pueblo.

—Ah —se rió el Pombero—. El soplón. ¿Te dan bien los mandados?

Así empezó un trato imbécil que a Leo lo dejó corto. El demonio le pidió que fuera al pueblo y le trajera un cabrito negro sin que nadie lo supiera. Le dio unas hojas que al tocarlas se transformaron en billetes. Leo, cegado por la novedad, salió disparado.

Claro que las neuronas de Leo no marchaban en línea recta: entró al bar de Pedro, pidió tragos, se emborrachó y olvidó la misión. Se quedó bebiendo y gastando las monedas que el demonio le había dado. Cuando por fin se acordó, pensó que un perro callejero serviría igual que la cabra —qué clase de idea demente—. Ató la soga al cuello de un perro, lo llevó hasta la ribera y se presentó frente al Pombero con el perro medio dormido a su lado.

La criatura rugió de ira. “¿A dónde crees que vas con ese animal?”, preguntó. Leo, tambaleante, insistió: “Lo conseguí. Mire, es un semental.” El demonio vio las monedas en su bolsillo y saltó. Al oír que Leo conocía a Pedro, se enfureció más y, sin demasiada ceremonia, ató la soga del perro al cuello de Leo y comenzó a tirar hasta que el cuello se partió con un ruido seco. Leo murió colgado, con las monedas cayendo de sus bolsillos como una lluvia de traición. El Pombero soltó la cuerda, tiró el cadáver al suelo, lo tomó de un pie y lo arrastró hasta su guarida.

Pero la noche no terminó ahí. La corriente del río trajo a la orilla un bote de una comarca cercana con una pareja dentro, fumando y mirando las estrellas. El Pombero, en su furia, había decapitado a Leo y quiso exhibir la cabeza junto a la de Tomás. Al sentir la fragancia de los jóvenes en el agua, salió a la orilla y, sin poder entrar al río, arrojó la cabeza de Leo al bote.

Los que iban en el bote entraron en pánico cuando la cabeza cayó entre ellos. Gritaron, sacudieron las manos y se acercaron corriendo al pueblo, amarrando el bote como si huyeran del mismo infierno. Una patrulla los interceptó y, temiendo lo peor, los oficinas los arrodillaron con las armas en la cara. Uno dijo: “Oficial, hay..Si le gusta este pequeño extracto, no dude en pedir el libro.


Capítulos[]

  1. De conocimiento publico
  2. Acción y desgracia
  3. Un fenómeno del infierno
  4. El llanto de los niños
  5. Sobre satanás y las monjas
  6. "Corre pedro"
  7. La decisión de las autoridades
  8. Los cadáveres detrás de la parroquia
  9. Envíenme un maldito cabrito
  10. Un cuento para que duermas

Publicación[]

El cabrito negro” fue publicada el 31 de Mayo del 2024 por la editorial Vibras y está disponible en una variedad de formatos para satisfacer las preferencias de todos los lectores, incluyendo E-book, audio y papel de 266 paginas, La novela ha trascendido fronteras, con traducciones a 25 idiomas, lo que refleja su alcance global y permite a una audiencia internacional experimentar este viaje a través del terror psicológico, todo bajo la pluma del talentoso autor Marcos Orowitz.


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