Mi escondite Favorito[]

PRÓLOGO[]
Antes que nada quiero que sepas una cosa "No escribo esto para que me entiendas". Lo hago para no desaparecer. Hay historias que empiezan con un nacimiento, con una fecha, con un nombre escrito en un papel limpio. La mía no. La mía empieza mucho después, cuando ya había aprendido a callar, a mirar al suelo, a fingir que nada dolía tanto como dolía en realidad.
Antes de saber qué era un hogar, ya sabía qué era perderlo. Antes de saber qué era el amor, ya conocía la vergüenza. Antes de entender la muerte, ya la había visto sentarse a la mesa, callada, esperando su turno.
Crecí rodeado de lugares oscuros. Algunos tenían paredes. Otros tenían caras. Otros vivían dentro de mí. Aprendí temprano que no todos los golpes dejan marca, que hay caídas que no se escuchan, que la culpa pesa más cuando no es tuya.
Me dijeron que arrojara la primera piedra. Nunca me dijeron contra quién. Nunca me dijeron que las piedras también vuelven.
Vi a mi padre desaparecer mucho antes de morir. Vi a mi madre resistir cuando ya no quedaba fuerza. Vi a la escuela expulsar lo que no sabía cuidar. Vi amigos perderse sin despedirse. Y me vi a mí mismo quedarme solo, sin casa, sin rumbo, sin nada… excepto esta voz que insiste en seguir hablando.
La vida golpea muy duro cuando no tienes con qué cubrirte. Pero a veces, muy pocas veces, te deja una grieta. Una nueva oportunidad.
Algo a lo que aferrarte para no caer del todo. Siempre quise creer que alguien estaría a mi lado. Que no todo lo que amaba iba a romperse. Que mi madre no tendría que sostener el mundo sola. Que yo no tendría que aprender a sobrevivir antes de aprender a vivir.
Esto no es una historia de superación. No hay finales limpios ni moralejas claras. Es el intento torpe de alguien que sigue fallando, que lo sigue intentando, que todavía busca un lugar donde esconderse sin desaparecer.
Este libro no es un refugio. Es una cicatriz abierta.
Y aun así, es mi escondite favorito.
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Cortesía: EDTV[]
Traducción: Ingles a Español latam Rossana Oyanarte
Genéro: Novela corta / Drama /Ficción realista /Aventura (juvenil)
Autor: Marcos orowitz
Paginas: A confirmar Marzo 2026
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Capítulo 1: Lugares oscuros[]
En esta maravillosa historia urbana mi nombre no importa.
Y no lo digo por modestia ni porque me crea invisible. Lo digo porque, si esta historia se parece un poco a la tuya, entonces habría que cambiar mi nombre por el tuyo. Y esa es una decisión que no me corresponde tomar. No por cobardía, sino por respeto. Nadie tiene derecho a exigirte que te señales con el dedo, que te expliques, que te justifiques.
La vida no te reconoce por cómo te llamas.
Te reconoce por lo que sobreviviste.
Por el dolor que aprendiste a esconder.
Por todas esas horas interminables dentro de aulas que prometían futuro y entregaban cansancio. Y créeme: fueron muchas. Demasiadas.
Tengo quince años. Esa aclaración sí importa.
Porque con la edad vienen las pistas: la época, el ruido de fondo, las decisiones que otros tomaron antes de que yo pudiera opinar. Con quince años todavía no eliges el mundo en el que creces, pero ese mundo ya empezó a elegir por ti.
No sé en qué momento exacto empecé a sentir que todo estaba mal armado, como esos muebles baratos que traen instrucciones confusas y siempre quedan flojos, inestables, a punto de romperse. Tal vez fue el día en que entendí que mis padres trabajaban más horas de las que dormían solo para que el banco no se quedara con la casa. O tal vez fue antes, cuando vi a mi madre llorar en silencio frente a una carta mientras la televisión repetía Dios bendiga América con sonrisas perfectas y falsas.
Ahí entendí algo simple y brutal:
el problema no era que el mundo estuviera roto.
El problema era que funcionaba exactamente como estaba diseñado.
Vivo en el lado sur de Chicago, en Englewood. Un lugar donde las sirenas no sorprenden a nadie y los disparos suenan más cerca que los fuegos artificiales del 4 de julio. Si buscas “barrio peligroso” en Google, no tarda en aparecer algo parecido a esto. Igual nadie busca su propia vida cuando está atrapado dentro.
Nuestra casa es pequeña, vieja y ruidosa. Las tuberías se quejan como si estuvieran a punto de romperse y el piso cruje cada vez que alguien camina, como si la casa estuviera cansada de sostenernos. Aun así, es lo más importante que tenemos en cuestiones materiales. Mis padres dicen “la hipoteca está al día” como si fuera un trofeo. Y supongo que, en este barrio, lo es.
Mi padre trabaja en mantenimiento para una empresa que cambia de nombre cada cierto tiempo para no pagar mejores sueldos. Mi madre limpia oficinas en el centro, esas donde la gente gana en un mes lo que nosotros no vemos en todo un año. Cuando el viejo Donald Trump aparecía en la televisión prometiendo grandeza, acá abajo lo único que crecía era el miedo a perder el empleo. En Englewood, la política no se discute: se aguanta.
Yo los miro y pienso que no quiero terminar así, pero tampoco tengo idea de qué quiero ser. Solo sé que no encajo. En la escuela soy el chico callado, el raro, el que parece siempre distraído. Y no es mentira.
La secundaria es un zoológico mal cuidado. Profesores agotados, baños que huelen a mierda, orina y desesperación, chicos que venden pastillas como si fueran dulces y otros que aprendieron a mirar al suelo para sobrevivir. Yo me muevo entre todos sin pertenecer del todo a ningún grupo.
Mi refugio —mi escondite favorito— no es un lugar físico. Es un estado mental. A veces es escribir en un cuaderno que sustraje de una tienda, donde el puto chino nunca se percató. Otras veces es fumar lo que consiga detrás del gimnasio con chicos que apenas conozco, pero que durante unos minutos parecen entenderme mejor que mi propia familia. No siempre es marihuana. A veces son cosas con nombres raros y efectos peores. No estoy orgulloso, pero tampoco voy a fingir arrepentimiento. A los quince años nadie sabe medir consecuencias.
La primera vez que besé a un chico fue por curiosidad. La segunda, porque me gustó. La tercera, porque ya no me importaba explicarlo. En un lugar como este no hay tiempo para etiquetas cuando estás ocupado tratando de mantenerte a flote. Algunos se ríen, otros miran con desprecio, y los más peligrosos son los que sonríen demasiado. De esos aprendí a cuidarme rápido.
Mi mejor amigo todavía no aparece en esta parte de la historia. Tampoco mis peores errores. Eso viene después. Por ahora están mi familia, la escuela, las calles rotas y esa sensación constante de que el país de las oportunidades se olvidó de nosotros.
A veces, cuando camino de regreso a casa y veo a un hombre en situación de calle durmiendo en una parada de autobús con una bandera estadounidense cubriéndole las piernas, me río. No por burla. Por lo absurdo. Dios bendiga América, repito en mi cabeza como un chiste enfermo, esquivando vidrios rotos y sueños ajenos.
Mi hermana menor todavía cree que todo va a estar bien. Todavía cree en eso. Yo no tengo corazón para decirle que acá las cosas no funcionan así.
Así es la vida, supongo. No la de las películas, sino la real. La que se vive acá, donde crecer rápido no es una elección sino una condena. Y esta es solo la primera parte de todo lo que todavía no sé cómo contar sin que duela.
Pero lo voy a contar igual.
Porque si no lo hago, este fucking mundo seguirá contando la misma historia de siempre; y todos van a creerle.
Antes de llegar a tercer año ya había aprendido cosas que no estaban en los libros. Aprendí que el cuerpo también se cansa de existir, incluso cuando es joven. A los diez años pasé semanas entrando y saliendo de hospitales por una infección extraña en los pulmones. Nadie sabía exactamente qué era. Los médicos hablaban entre ellos usando palabras largas, como si yo no estuviera allí. Todas significaban lo mismo: miedo.
Mi madre dormía sentada en una silla de plástico al lado de la cama. Mi padre llegaba después del trabajo, todavía con olor a metal y aceite, y me miraba como si yo fuera algo frágil, algo que podía romperse con solo respirar mal. Fue la primera vez que sentí que no tenía control ni siquiera sobre mi propio cuerpo.
Si te estás preguntando por la religión, supongo que también tengo que decir algo sobre eso.
En mi caso, no fue consuelo. Fue otra forma de violencia, más silenciosa. Mientras estaba internado, aparecían tipos que no eran médicos ni enfermeros, eran miembros activos de una secta religiosa de nombre EVANGELICOS. Recorrían las habitaciones prometiendo sanidad a cambio de entregarle el alma a un Dios indiferente a nuestra naturaleza humana. Decían que podía curarme si creía lo suficiente.
vaya locos de mierda! ..pensé para mis adentros, estos chiflados vestidos de trajes con corbatas cuando en ese puto preciso momento hacia por lo menos 40 grados; cuando el ser humano se encuentra en un estado vulnerable aparecen estas parias, con promesas realmente sacadas de una película, vaya perros asquerosos, con una narrativa proveniente de un libro que fue creado para manipular a la especie por medio del miedo.
Yo no caí en la trampa. Ni siquiera cerré los ojos. No sentí la necesidad de hablarle a ese fantasma psicológico, ese carcelero de almas que exige sumisión cuando estás demasiado débil para discutir.
Mi madre, en cambio, sí lo hizo. Y no solo eso: se comprometió a asistir a su iglesia. Un lugar donde adoraban a Jehová como si fueran brujos, entre gritos, amenazas disfrazadas de amor y promesas que siempre pedían algo a cambio.
Me recuperé. No por obra divina, sino gracias a la ciencia médica. Pero mi madre siguió asistiendo a esos rituales donde manipulaban a los feligreses para sustraerles dinero, porque —por si no lo sabías— ese Dios necesita que dones a diario. Tiene título de deidad, pero no poder suficiente para mantener su empresa religiosa.
Mi padre intentó persuadirla de que no continuara con esas prácticas vulnerables, esa brujería de bajo astral con forma de iglesia. Ella siguió igual, hasta que una tarde regresó llorando y se encerró en su dormitorio.
Yo escuché desde el pasillo.
El pastor había huido. No solo de la iglesia, sino del país. Se había llevado todo el dinero ahorrado para construir un nuevo templo.
En ese momento pensé: ahí lo tienes, mamá. Eso es lo que hacen esas sectas religiosas de mierda. Presentan a un Dios patético e inexistente, someten a las personas a través del miedo y las condenan a un fuego eterno a cambio de una salvación holográfica que solo se proyecta en sus cabezas cansadas.
No se lo dije. Pero tuve muchas ganas.
Mi padre no dijo nada. Se mostró más empático de lo habitual. En el fondo sabía que la religión es solo un montón de mierda maloliente, pero cuando la conciencia está sucia, lo mínimo que uno puede hacer es cerrar la boca.
Cuando regresé a la escuela, más delgado y con ojeras, algunos chicos me preguntaron si iba a morir. Otros se rieron. Yo también me reí, porque a esa edad uno aprende rápido que el humor es una defensa barata, pero efectiva.
En quinto grado fumé mi primer cigarrillo. No fue algo épico. Estábamos detrás del gimnasio, compartiendo un cigarro aplastado que sabía a cartón mojado. Tosí tanto que pensé que iba a escupir un pulmón, pero no dije nada. Nadie quería ser el débil. El humo, lo prohibido, la adrenalina… por un momento sentí que pertenecía a algo.
Ese mismo año vi pornografía por primera vez. Fue en el sótano de la casa de un compañero cuyo nombre ya no importa. Las luces apagadas, la puerta cerrada, seis chicos sentados demasiado cerca frente a una computadora vieja. Nadie hablaba. Algunos se reían nerviosos. Otros miraban con una concentración incómoda. Yo no sabía si me gustaba o me incomodaba más. Tal vez las dos cosas. Cuando terminó, nadie dijo nada. Subimos las escaleras como si nada hubiera pasado. Solo Tom quedó escondido detrás de una puerta, tocándose. Era normal, pero en ese momento no lo sabía. Quizá un pecado, diría mi madre. Todo era nuevo para mí y, sin querer, algo había cambiado dentro de nosotros.
En la secundaria las cosas se volvieron más oscuras. No de golpe, sino lento, como el maldito desempleo en este país. Un día un chico llevó un arma a la escuela. No la mostró. No amenazó a nadie. Solo estaba ahí, escondida en su mochila, como una mala idea esperando el momento correcto.
Durante el recreo aparecieron dos policías. Todo fue rápido y silencioso. Se lo llevaron esposado frente a todos mientras un director repetía que mantuviéramos la calma. Algunos lloraban. Otros grababan con sus teléfonos. Yo me quedé quieto, con un nudo en el estómago, pensando en lo fácil que es cruzar una línea sin darse cuenta.
Después se dijo que alguien había hablado. Un informante. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos señalaban a Martín. El chico correcto, el aplicado, el que ayudaba a los profesores a mantener el orden. Decían que pasaba información a cambio de protección. Tal vez era verdad. Tal vez no. En un lugar como este, la percepción pesa más que los hechos.
A Martín empezaron a desaparecerle cosas. Le rayaron el casillero. Lo empujaron en los pasillos. Nadie lo defendió. Yo tampoco. No por maldad, sino por miedo. Acá uno aprende rápido que ser neutral también es una forma de sobrevivir.
A veces pienso que todas esas escenas —la enfermedad, el humo escondido, el sótano oscuro, las esposas brillando bajo las luces del patio— fueron armando algo dentro de mí. Una especie de mapa torcido para moverme en este mundo.
No me hicieron especial.
Solo me enseñaron que crecer acá significa perder la inocencia por partes, como pagar una deuda en cuotas.
Dios bendiga América, me repito otra vez. No sé si como burla o como plegaria.
Y todavía no sabía lo peor.
Recuerdo perfectamente cuando, después de faltar a clase junto a unos desertores de la enseñanza como yo, terminamos vagando por una zona que no conocíamos bien. No era un plan. Nunca lo es. Simplemente caminamos sin rumbo, con las mochilas colgando como si todavía tuviéramos algo que hacer, riéndonos de cosas estúpidas para no pensar en lo obvio: estábamos escapando de algo, aunque no supiéramos exactamente de qué.
El frío nos empujó a entrar en una cafetería cerca de la estación. Una de esas con luces blancas, mesas pegajosas y un olor permanente a café viejo. El tipo de lugar donde nadie hace preguntas y nadie mira dos veces. Mis compañeros se sentaron hablando fuerte, ocupando espacio, creyéndose invisibles. Yo me quedé de pie un segundo más.
Entonces lo vi.
Mi padre.
Al principio pensé que me estaba equivocando. Que era alguien parecido. Un truco de la cabeza. Pero no. Era él. La forma en que se tocaba la nuca cuando se reía, el abrigo gastado, la postura cansada intentando parecer relajada. Estaba sentado frente a una mujer que no conocía. Demasiado cerca. Demasiado cómodos.
No hablaban como dos adultos cualquiera. Se inclinaban el uno hacia el otro, sonreían de más, se tocaban los brazos como si necesitaran asegurarse de que el otro seguía ahí. Mi padre actuaba como un adolescente en celo, exagerando gestos, riendo fuerte, olvidándose de todo lo demás. La mujer se reía de cada cosa que decía, incluso de las que no tenían gracia.
Sentí vergüenza. No por mí. Por él. Una vergüenza ajena que te aprieta el pecho y te hace querer desaparecer. Me ardía la cara. Pensé en mi madre, en sus turnos eternos, en su forma de llegar a casa sin energía ni para quejarse. Pensé en la palabra familia y me dio rabia.
Mis compañeros seguían hablando. Yo asentía sin escuchar. No podía dejar de mirar esa mesa. Cada risa de mi padre era un golpe. Cada gesto cariñoso, una traición silenciosa.
Quise decir algo.
Quise levantarme.
Quise enfrentarlo ahí mismo y romperle la cara con esa llave inglesa que llevaba colgando en su cintura como estandarte de trabajador americano "siempre disponible".
No lo hice.
Me quedé callado porque estaba con ellos. Porque no quería explicaciones. Porque no quería que nadie viera cómo algo se me rompía por dentro. Y porque, en el fondo, ya sabía que jamás lo delataría con mi madre. No iba a ser yo quien la destruyera con esa verdad. No así.
Pero también supe, con una certeza fría, que algún día tendría que mirarlo a la cara. Decírselo sin gritar. Sin esconderme. Decirle que lo vi. Que ya no era un niño. Que las cosas no desaparecen solo porque uno finja que no existen.
Cuando mis compañeros se levantaron, los seguí. Antes de salir, miré una última vez hacia la mesa. Mi padre seguía riendo, ajeno a todo. La puerta se cerró detrás de mí y el ruido del metro se tragó el momento.
Caminé con ellos varias calles sin decir palabra. Algo más se había sumado al mapa de lugares oscuros que ya cargaba encima. Y entendí que algunos secretos pesan más que cualquier mochila.
En ese momento aprendí que crecer también significa aprender a guardar silencios que no pediste.
Pero como si fuera poca la adrenalina que llevaba arrastrando conmigo, sucedió en ese mismo instante algo que tardé en digerir; ¡imagínate! Vienes acompañado de otros imbéciles a tu lado, pero en realidad estas caminando solo, cavilando con tu ser interior, dentro de una lucha desigual con tu moral y de repente tres tipos te sorprenden.
Con cara de pocas amistades; Chicanos, mayores que nosotros, con esa calma peligrosa de quien sabe que tiene ventaja. No corrieron, no gritaron. Solo se cerraron alrededor nuestro.
—Entréguenlo todo —dijo uno, como si estuviera pidiendo la hora.
Sentí el corazón subirme hasta la garganta. Pensé en mi smartphone, en mi mochila, en el cuaderno, en que no llevaba nada que valiera la pena morir. Uno de mis amigos empezó a hablar demasiado rápido, diciendo cosas sin sentido. Otro se quedó completamente quieto. Yo solo miraba sus manos, esperando ver un arma.
Entonces uno de los malvivientes, ¡quizá el más drogado! metió su mano detrás de su espalda y sacó un revolver sucio y roto como sus pantalones; y de repente, como un mal chiste bien contado, apareció una patrulla. Luces, sirena, ruido. Los tipos desaparecieron en segundos. Nosotros nos quedamos ahí, temblando como idiotas, sin saber qué hacer con el cuerpo.
La policía nos hizo sentarnos en el borde de la acera. Preguntas rápidas, libretas abiertas, miradas que no sabían si éramos víctimas o futuros problemas. Contamos la historia atropellados, todos hablando al mismo tiempo. Nos creyeron. O fingieron hacerlo. Nos dijeron que volviéramos a la escuela y que dejáramos de jugar a ser adultos antes de tiempo.
Caminamos de regreso en silencio. Nadie se rió. Nadie hizo bromas. Habíamos salido a matar el tiempo y casi nos mata el barrio.
Ese tipo de cosas te acomoda la cabeza a la fuerza. Te enseña que la ciudad no perdona distracciones, que la línea entre una anécdota y una tragedia es ridículamente delgada. Yo seguía pensando en mi padre, en la cafetería, en esa sonrisa que no debería haber visto.
Dios bendiga América, pensé otra vez, mientras regresábamos a clases como si nada hubiera sucedido, con el miedo todavía pegado a la piel.
Así se arma una adolescencia acá: con secretos que no se cuentan, sustos que no salen en las noticias y verdades que te caen encima cuando menos lo esperas.
La secundaria no era solo un edificio. Era un ecosistema. Cada pasillo tenía su propia ley, cada baño su reputación, cada esquina un rumor distinto. Yo empecé a entenderlo tarde, observando más de lo que hablaba, caminando como si siempre estuviera de visita en una fiesta a la que no me habían invitado del todo.
Mis primeras amistades no llegaron por afinidad, sino por cercanía. Te sientas al lado del mismo chico durante meses y, tarde o temprano, compartes algo más que apuntes. Así conocí a Dylan, a Rob, a Marcus. Ninguno era especialmente brillante ni especialmente peligroso, pero juntos parecíamos más grandes de lo que éramos. Eso bastaba.
Ellos empezaron antes que yo. Pastillas que aparecían en bolsillos ajenos, botellas robadas de algún mueble mal cerrado, historias exageradas sobre viajes mentales que yo escuchaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Yo iba detrás, siempre un paso más lejos del borde, como si supiera —sin saberlo— que no todos caemos igual.
La primera vez que fumé marihuana fue en un parque casi abandonado, de esos donde los juegos oxidados parecen restos de una infancia que ya no existe. El cigarro pasó de mano en mano. Cuando llegó a mí, lo sostuve con torpeza, como si fuera algo frágil y peligroso al mismo tiempo.
Inhalé. Tosí. Volví a toser. Se rieron. Yo también, por compromiso.
Esperé algo. Una revelación, una risa descontrolada, una puerta abriéndose dentro de mí. Pero lo único que sentí fue una especie de ruido en la cabeza, como una radio mal sintonizada. No me gustó. No me asustó. Simplemente no era para mí.
No dije nada. Dejé que siguieran. Aprendí que no todo lo que funciona para los demás tiene que funcionarte igual, aunque a esa edad uno finja lo contrario para no quedarse afuera.
Al mismo tiempo, otra pregunta empezaba a empujar desde adentro. No llegó de golpe, sino en escenas pequeñas: una mirada que duraba demasiado, la incomodidad al cambiarme en los vestidores, la atención puesta en ciertos cuerpos y la total indiferencia hacia otros. Me gustaban las chicas. Eso era claro. ¿Pero solo las chicas? Ahí empezó mi dilema.
Las redes sociales no ayudaban a aclarar nada, pero tampoco lo empeoraban. Al contrario. Veía chicos y chicas hablando de libertad, de no encasillarse, de amar sin pedir permiso. Videos, publicaciones, banderas que decían que estaba bien no saber, que estaba bien probar, que nadie tenía derecho a decirte quién eras.
Así que probé. Sin épica. Sin discursos. Besé a una chica en una fiesta de garaje con música demasiado alta y luces demasiado bajas, una noche que escapé de casa por la ventana y Me gustó. semanas después en un camping escolar besé a un chico, en un momento torpe, lleno de nervios y risas incómodas. También me gustó. O me gustó lo que despertaba en mí: la idea de no tener que decidir todavía.
No lo conté en casa. No lo conté en la escuela. Lo guardé como se guarda algo frágil, algo que aún no tiene nombre. No sentí culpa, pero sí confusión. Y un alivio extraño al entender que no estaba roto, solo en proceso.
Mientras tanto, algunos de mis amigos empezaban a perderse más de lo que admitían. Clases saltadas, miradas apagadas, discusiones por cosas mínimas. Yo los veía avanzar hacia lugares más oscuros y entendía que no todos regresan iguales de esos caminos.
Dios bendiga América, pensaba cuando veía en la televisión anuncios de felicidad obligatoria, mientras nosotros aprendíamos a golpes que crecer no es elegir un camino, sino descartar muchos sin saber si eran mejores.
Este tramo de mi vida no tuvo explosiones ni sirenas. Fue más silencioso. Más interno. Pero igual de peligroso. Porque los lugares oscuros no siempre están afuera. A veces se abren dentro de uno, y aprender a caminar ahí sin perderse es otra forma de sobrevivir.
Y yo todavía estaba aprendiendo.
Había lugares dentro de la escuela donde los profesores nunca entraban. No porque no supieran que existían, sino porque preferían fingir que no. El baño del fondo del segundo piso era uno de esos lugares. Las luces parpadeaban, los espejos estaban cubiertos de insultos y promesas, y siempre había olor a algo que no debía estar ahí. Ese baño fue aula, confesionario y trinchera para muchos de nosotros.
Ahí vi a la gente cambiar.
No de un día para otro, sino despacio, como se gasta un par de zapatos. Chicos que antes llegaban temprano empezaron a aparecer solo después del recreo. Ojos rojos, risas fuera de lugar, silencios pesados. Yo me apoyaba contra la pared fría, escuchando historias que sonaban exageradas, pero que siempre tenían algo de verdad. Rob decía que las pastillas lo ayudaban a “ordenar la cabeza”. Marcus juraba que podía dejarlo cuando quisiera. Dylan ya casi no hablaba: solo miraba el suelo y balbuceaba como un cantante de reguetón con auto tune.
Una tarde, después de educación física, Marcus me ofreció algo distinto. No dijo qué era. Solo estiró la mano, seguro, como quien comparte un chicle.
—Confía en mi —dijo.
Yo no confié. Negué con la cabeza. No fue valentía, fue instinto. Algo en mí sabía que cruzar ciertas puertas es fácil, pero volver no siempre. Marcus se encogió de hombros y se guardó lo que fuera en el bolsillo. Esa misma semana lo suspendieron por llegar drogado a clase. Dos semanas después, dejó de aparecer.
Las noches empezaron a hacerse más largas. No porque pasaran cosas increíbles, sino porque dormir se volvió difícil. Me quedaba despierto mirando el techo, escuchando a la casa crujir, pensando en cosas que no podía ordenar. Bajaba sin rumbo por redes llenas de cuerpos perfectos, discursos de libertad, rabia bien editada y felicidad falsa como todas las putas fotos de Instagram. Todo el mundo parecía saber quién era y qué quería. Menos yo.
Una madrugada hablé durante horas con alguien que no conocía. Un perfil anónimo, sin foto real. quizá era un maldito otaku o un degenerado que creyó que seria su presa; Me dijo que no tenía que definirme, que nadie lo hace tan temprano, que el problema no era la duda, sino el miedo a ella. Cerré la conversación sin despedirme, pero esas palabras se me quedaron pegadas.
En la escuela los rumores viajaban más rápido que los hechos. Decían que una chica de segundo año había intentado hacerse daño. Que un profesor estaba metido en algo turbio. Que la policía estaba vigilando más de cerca. Nadie sabía nada con certeza, pero todos actuábamos como si supiéramos demasiado.
Una tarde entré a una casa abandonada cerca de las vías del tren con un par de chicos que apenas conocía. No buscábamos nada concreto. Solo escapar. Adentro había grafitis, botellas rotas, colchones viejos. Alguien puso música desde un altavoz barato. Bailamos mal, reímos fuerte, hablamos de cosas profundas sin entenderlas del todo. Por un rato, ese lugar oscuro fue hogar.
Hasta que escuchamos pasos.
No pasó nada grave. Nadie entró. Pero el miedo fue real. Se metió en el cuerpo como una descarga seca, inmediata. Salimos corriendo sin pensar, saltando cercas, raspándonos las manos, riendo después como si todo hubiera sido una aventura. Como si no hubiéramos estado a segundos de algo peor.
Esa noche entendí algo simple: no estábamos buscando problemas. Estábamos buscando sentir algo.
Cualquier cosa. Algo que nos sacara de la nada.
Yo seguía sin saber qué me gustaba más, pero empezaba a tener muy claro qué no.
No quería perderme.
No quería desaparecer convertido en una estadística, en una excusa que alguien usa en la televisión para explicar por qué el barrio está mal.
Quería entender este mundo de mierda sin que me tragara entero.
Dios bendiga América, pensé otra vez.
Esta vez no con ironía. Con cansancio.
Creo que mi padre intuía perfectamente por dónde gravitaban mis emociones, pero el muy imbécil seguía sumergido en su cómoda y discreta infidelidad hollywoodense. Una farsa prolija, silenciosa, que lo mantenía lejos de su verdadero propósito: la familia. Yo no decía nada. Él tampoco. Así funcionan muchas cosas acá: nadie habla, todos saben.
Por mi parte, buscaba nuevas emociones. Y cuando las encontraba, me daban miedo. Un miedo real, físico, que me hacía retroceder. Desistía rápido. No por virtud, sino por instinto. Como dije antes, sabía que un paso en falso podía convertirse en un viaje de ida sin retorno. Me consideraba inexperto, sí, pero todavía capaz de frenar a tiempo. Eso —creía— me mantenía alerta.
Los lugares oscuros seguían ahí. En la escuela. En las calles. Dentro de mí. Y aunque todavía no sabía cómo, intuía que iba a tener que aprender a caminar por ellos sin apagarme.
No había respuestas.
Solo una promesa silenciosa: seguir vivo, seguir mirando, seguir contando.
La pelea no empezó como empiezan las peleas en las películas.
No hubo música dramática ni cámaras lentas.
Empezó con una risa.
Una risa seca, repetida, siempre apuntando al mismo lugar.
Evan.
Evan era flaco, demasiado alto para su edad, con una voz que todavía no había decidido en qué tono quedarse. Caminaba encorvado, como pidiendo disculpas por ocupar espacio. No hablaba casi con nadie y, cuando lo hacía, bajaba la mirada. El tipo perfecto para convertirse en blanco.
Todo empezó en el comedor.
Un comentario sobre su ropa.
Después otro sobre cómo comía.
Después alguien le tiró la bandeja al suelo “sin querer”.
Las risas estallaron alrededor como fuegos artificiales baratos. Evan se quedó quieto unos segundos, mirando su comida desparramada, como si no supiera qué levantar primero: el almuerzo o el orgullo.
Y ahí entendí que los lugares oscuros no siempre son casas abandonadas o calles sin luz.
A veces son mesas llenas de gente mirando para otro lado.
Yo estaba ahí.
Sentado.
Mirando.
Y eso es lo peor: durante un segundo no hice nada.
El que lideraba todo se llamaba Trevor. Grande, seguro, de esos que creen que el mundo les debe algo solo por existir. Le puso el pie adelante a Evan cuando intentó levantarse. Evan volvió a caer. Más risas. Más ruido. Más gente mirando sin ver.
No sé qué fue lo que me empujó. No fue valentía. Fue hartazgo. Fue reconocerme ahí abajo sin estarlo.
—Ya está, déjalo —dije.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Trevor giró despacio la cabeza, sorprendido de que alguien le hablara así.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, sonriendo.
No respondí. Me levanté. El comedor quedó en silencio. Ese silencio inquietante que anuncia que algo se va a romper. Trevor me empujó con una mano, como probando fuerza. Yo no retrocedí. No avancé. Solo me quedé ahí.
El primer golpe no lo vi venir. Sentí el impacto en la mandíbula y el sabor a sangre en la boca. Respondí como pude. Sin técnica. Sin estilo. Solo rabia acumulada durante años. Puños torpes. Mesas moviéndose. Alguien gritando. Alguien alentando.
Caímos al suelo. Trevor encima de mí, pesado, furioso. Me golpeó una vez más antes de que lo apartaran. Profesores, guardias, ruido, órdenes. Evan ya no estaba. Había desaparecido sin mirar atrás.
Me separaron. Sangre en el labio. La cabeza zumbando. La imagen de la bandeja en el suelo repitiéndose como un error en la memoria. Me llevaron a la oficina del director. Sermones. Amenazas de suspensión. Palabras grandes sobre convivencia. Yo apenas escuchaba.
Tres días suspendido.
En casa no preguntaron demasiado. Dijeron que a veces uno se mete en problemas por hacer lo correcto. No explicaron qué era lo correcto. Yo tampoco lo tenía claro.
Días después encontré una nota en mi casillero. Dos líneas torcidas, letra nerviosa:
“Gracias. No lo voy a olvidar.”
No nos hicimos amigos. No compartimos almuerzos ni secretos. Pero algo cambió. No en la escuela. En mí.
Entendí que los lugares oscuros no siempre son baños abandonados o casas vacías. A veces son mesas llenas de gente mirando para otro lado. Y que pelear no te convierte en héroe, pero callarte demasiado tiempo sí te convierte en cómplice.
Caminé por los pasillos con el labio aún hinchado, sintiéndome raro. Incómodo. Un poco orgulloso y bastante asustado. Nadie volvió a molestar a Evan. Trevor me miró con odio durante semanas. Yo aprendí que cada gesto tiene consecuencias, incluso los impulsivos.
Dios bendiga América, pensé otra vez, sentado solo en el comedor, masticando despacio, sintiendo que había cruzado otra línea invisible.
Y los lugares oscuros seguían sumándose al mapa.
Esa noche soñé con el comedor.
No como era, sino como se sentía.
Las mesas estaban más largas. Las luces más bajas. Nadie hablaba, pero todos reían. Una risa sin sonido, con la boca abierta, mostrando dientes. Evan estaba en el suelo otra vez, pero cuando intentaba ayudarlo, mis pies se quedaban pegados al piso, como si la escuela me estuviera tragando.
Me desperté empapado en sudor, con la sensación de que algo me observaba desde la esquina del cuarto. No había nada. Solo la oscuridad y el ruido lejano de una sirena, siempre presente, como un latido de la ciudad.
Empecé a notar cosas después de eso.
Miradas que duraban un segundo más de lo normal. Pasillos que parecían más estrechos. El baño del segundo piso oliendo más fuerte, como si la humedad tuviera memoria. Graffitis nuevos apareciendo de un día para otro, con frases que nadie admitía haber escrito.
MÍRANOS
NO TE ESCONDAS...
Una tarde encontré a Trevor en el pasillo vacío. No me dijo nada. Solo me miró. Pero en sus ojos no había rabia. Había algo peor. Algo hueco. Como si ya no estuviera del todo ahí.
La ciudad también empezó a cambiar. O tal vez yo empecé a verla distinta. Casas abandonadas con ventanas que parecían ojos. Calles que se quedaban en silencio cuando caminabas por ellas. Personas que hablaban solas en las paradas de autobús, repitiendo frases que sonaban ensayadas.
Sentí que Englewood no era solo un lugar. Era algo vivo. Algo que miraba, que esperaba errores.
Mi escondite favorito ya no alcanzaba. Escribir, fumar, mirar pantallas… nada apagaba del todo esa sensación de que algo se estaba acumulando debajo de todo, como presión antes de una grieta.
Y entendí algo que me dio más miedo que cualquier pelea o arma:
La ciudad no necesitaba matarte rápido.
Podía hacerlo despacio.
Podía hacerlo desde adentro.
Seguí caminando igual.
Seguí mirando.
Seguí contando.
Porque si dejaba de hacerlo, si bajaba la cabeza como todos los demás, este fucking mundo seguirá contando la misma historia de siempre; y todos van a creerle... Para continuar con la novela puedes reservar un ejemplar para antes de su nacimiento en el mes de Marzo.
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Capítulos[]
- Lugares oscuros
- Que arroje la primera piedra
- La muerte de mi padre
- Expulsado del colegio
- Sin hogar, sin rumbo, sin nada
- Y la vida golpea muy duro
- Una nueva oportunidad
- Siempre estaré a tu lado mamá
- Lo sigo intentando
- Mi escondite favorito
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"My favorite hiding place” Es una novela publicada el ____ del 2026 por la editorial Vibras y está disponible en una variedad de formatos para satisfacer las preferencias de todos los lectores, incluyendo E-book, audio y papel de --- páginas, La novela ha trascendido fronteras, con traducciones a 25 idiomas, lo que refleja su alcance global y permite a una audiencia internacional experimentar este viaje a través del terror psicológico, todo bajo la pluma del autor Marcos Orowitz.