El candado es el noveno cuento de la segunda jornada de Il Pentamerone de Giambattista Basile.
Sinopsis[]
Una mujer y sus tres hijas son tan pobres que tienen que mendigar para ganar algo de dinero para subsistir. Un día la madre recoge unas coles que han tirado de las cocinas de palacio y para prepararlas le pide a sus dos hijas mayores que vayan a por agua, pero como ninguna de las dos quiere, así que se dedican a poner excusas hasta que la madre se ve obligada a ir ella misma, pero Luciella, su hija menor, se ofrece a ir en su lugar. En la fuente Luciella se encuentra con un apuesto esclavo, quién le pide que le acompañe a una gruta. La muchacha le dice que la espere a que vuelva a casa con el cántaro lleno. Una vez que ya ha llevado el agua a casa, con la excusa de salir a por leña vuelve a la fuente, dónde ahí aún sigue el esclavo esperándola.
Luciella sigue al esclavo hasta una gruta, en cuyo interior hay un precioso palacio subterráneo, dónde la muchacha es vestida con costosos ropajes, la dan de comer una copiosa cena y la conducen a una cama con un lecho de oro y perlas, dónde se acuesta y duerme plácidamente. Luciella pasa varios días en el palacio subterráneo, rodeada de lujos, pero pasado un tiempo le entran ganas de volver a su casa y ver a su familia. Cuando se lo cuenta al esclavo, este va a una habitación contigua, habla con alguien cuyo rostro Luciella no puede ver, y al acabar la conversación el esclavo la entrega una bolsa llena de escudos para su familia, y la advierte de que debe de volver pronto y no decirle a nadie dónde ha estado.
Luciella visita frecuentemente a su familia a partir de entonces, y mantiene su promesa de no decir nada del palacio subterráneo en el que vive, pero con cada visita que hace sus hermanas se vuelven más celosas. Al ver que su hermana no les va a decir nada, piden ayuda a una ogra para descubrir dónde vive su hermana, que tan bien la tratan. Tras descubrirlo, en su siguiente visita, le dicen a Luciella que han descubierto todo, y la informan además de que todas las noches, antes de irse a la cama, la dan vino con opio, impidiendo que se de cuenta que todas las noches yace a su lado un apuesto joven. Las hermanas la dan un candado con el que, según ellas, desencantará al joven.
Cuando Luciella regresa al palacio esa noche durante la cena le pide al esclavo un pañuelo para limpiarse la boca, momento que aprovecha para escupir el vino con opio sin que nadie se de cuenta. Así, cuando se acuesta en la cama, no se duerme al instante como las noches anteriores. Luciella nota que alguien se mete en la cama con ella y espera a que se duerma para encender una vela. Con la luz del candil ve lo hermoso que es el joven que tiene a su lado. Luciella saca el candado que le habían dado sus hermanas y lo abre, saliendo de este u grupo de mujeres que llevan en su cabeza madejas de hilo. A una de las mujeres se le cae un ovillo y Luciella se lo dice en voz alta, despertando al joven, quién llama al esclavo y le ordena que vista a Luciella con los mismos harapos que llevaba el día que llegó allí y la expulse del palacio.
Luciella regresa a casa de sus hermanas, pero estas también la echan de allí. Sin tener a dónde ir, y embarazada además, la muchacha se dedica a vagabundear y pedir limosna hasta llegar al reino de Torrelunga, dónde pide refugio en el pajar del palacio real. Una de las damas de la corte, compadeciéndose de ella, la acoge, y Luciella da a luz a un precioso niño. La primera noche después del parto, mientras todos duermen , el mismo joven que había dormido en el palacio subterráneo aparece y le canta una nana al bebé, revelando que él es el padre, pero en cuanto sale el sol y se escucha el primer canto del gallo desaparece. El joven repite su visita nocturna en varias ocasiones, hasta que la dama de la corte que acogió Luciella se da cuenta de ello y se lo cuenta a la reina, quién ordena que todos los gallos del reino sean sacrificados.
Esa noche la reina se queda vigilando, y cuando ve llegar al joven reconoce a su hijo, a quién había perdido por culpa del encantamiento de una ogra, que no recuperaría hasta que no lo abrazará y los gallos dejasen de cantar. Con el hechizo por fin roto, el príncipe pudo quedarse con su madre, Luciella y su hijo. Y en cuanto a las hermanas de Luciella, fueron invitadas a palacio, pero no para que vivieran allí, sino para castigarlas por envidiosas.
Ver también[]
- El Rey de la Devanadera, cuento popular siciliano recopilado por Giuseppe Pitrè.
- La mano negra, cuento popular español recopilado por Eugenio de Olavarría y Huarte.