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La mano negra es un cuento popular español recopilado por Eugenio de Olavarría y Huarte.

Sinopsis[]

Un hombre tienen tres hijas, las tres con la edad de casarse, pero es tan pobre que no gana para darles de comer. El hombre iba todos los días al bosque a recoger un poco de leña para luego venderla en el pueblo, y uno de esos días encontró un col, tan grande que el hombre pensó en llevársela a casa, ya que seguro que daría para dar de comer a sus tres hijas y a él. Tras pasar un buen rato contemplando la col mientras pensaba en la suerte que había tenido al encontrarla, empezó a tirar de ella, y en ese mismo instante oyó un voz, preguntando quién le tiraba de las barbas. En cuanto oyó la voz el hombre soltó la col y se apartó, pero como después no volvió a oír nada, pensó que se solo serían imaginaciones suyas, y volvió a tirar de la col. Entonces volvió a oír la misma voz, formulando la misma pregunta. El hombre la volvió a soltar, se alejo un poco más de la col que la vez anterior y miró a su alrededor, buscando al posible dueño de la voz que oía. Cómo no veía a nadie, el hombre volvió a tirar de la col, y en ese momento volvió a oírse la voz, preguntando quién le tiraba de las barbas, y apareció un gigante de feroz aspecto, que quería matarla al hombre por tirarle de las barbas. El hombre se puso de rodillas y suplicó al gigante que le perdonase la vida, pues tenían tres hijas casaderas que, si él moría, se quedarían solas. En cuanto el gigante oyó al hombre hablar sobre sus tres hijas, se apaciguó y le propuso al hombre un trato: él le dejaría con vida, pero a cambio su hija mayor tendría que irse a vivir con él en su palacio, pues el gigante se sentía muy solo, y sería su esposa. Y para que separarse de su hija no fuera tan doloroso, el gigante le daría al hombre suficiente dinero cómo para no volver a tener carencias. El leñador tenía sus dudas, pero termino por aceptar el trato, y el gigante le mando que volviese con su hija mañana a la misma hora, y que para llamarlo solo tendría que volver a tirar de la col. Y antes de desaparecer sin dejar rastro, el gigante le dio al hombre una bolsa llena de oro.

El leñador volvió al día siguiente con su hija mayor a la misma hora, y en cuanto llegó tiro de la col, y el gigante apareció, tal y como él le había dicho. El gigante le dio una bolsa llena de oro más grande que la del día anterior al leñador y se llevo a la muchacha cogida de la mano. El gigante llevo a la joven a su palacio, que se encontraba bajo tierra, y le dijo que ahora ella era la dueña, y que todo lo que deseara solo tendría que pedirlo y se le sería concedido. También le explicó que, aunque durante la noche estará con ella, durante el día la muchacha no podrá ver al gigante. Y por último el gigante le colocó a la muchacha una sortija en el dedo y le entregó una llave, pidiendo que la cuidará mucho, pues abría una cámara en la que ella jamás debería de entrar. Dicho todo esto, el gigante desapareció, y la muchacha decidió recorrer las estancias del palacio para pasar el tiempo. Cuándo noto que le entraba el hambre, se acordó de las palabras del gigante y expreso en voz alta su deseo de comer. Apareció entonces una mano negra sin cuerpo, que puso la mesa y sirvió suculentos manjares. Al caer la noche la muchacha pidió luz, y la mano se la trajo. El gigante apareció poco después, y la pregunto si estaba contenta y si había hecho todo lo que le había dicho. La joven respondió que sí, y el gigante le pidió que le diera la mano. Al dársela, el gigante se fijó en la sortija, que estaba inmaculada, lo que significaba que la muchacha no había entrado en la habitación prohibida, y muy feliz por ello el gigante fue cariñoso con ella durante toda la noche. Al día siguiente antes de marcharse, el gigante le recordó a la muchacha que no debía de entrar en el cuarto prohibido. Pero sus palabras, lejos de disipar la curiosidad de la joven, la aumentaron, y ella se paso el día dudando de si echar un vistazo rápido o no. Finalmente se decidió a hacerlo, pensando que, cómo no había nadie más en todo el palacio, nadie podría delatarla. Al entrar dentro vio en mitad de la habitación un pozo, en el que la muchacha se asomó para ver lo que contenía, que no era agua, sino cuerpos despedazados bañados en sangre. Horrorizada por la macabra imagen la muchacha se aparto, pero se dio cuenta que al inclinarse se le había caído al pozo la sortija. Temerosa de que el gigante descubriera que no le había obedecido si se enteraba de que había perdido la sortija, la pobre muchacha tuvo que meter la mano en el pozo sangriento para sacar la joya. Aunque consiguió recuperarla, al salir se fijó que estaba manchada de sangre, y se puso a limpiarla, pero por más que lavaba, la sangre no se iba. Justo mientras intentaba limpiar el anillo llegó el gigante, y la muchacha tuvo que salir a recibirlo. En cuanto el gigante vio la sangre en la sortija se dio cuenta que la muchacha había entrado en el cuarto prohibido, la arrastró hasta el cuarto, la despedazo con un hacha y arrojó sus restos al pozo.

Al día siguiente el leñador, que quiere saber como le va a su hija con el gigante, va a dónde está la col y tira de ella. El gigante surge y le pregunta al leñador que es lo que quiere. El leñador pregunta al gigante si su hija es feliz, y el gigante le dice que sí, pero que cuando piensa en sus hermanas se pone triste, por lo que sugiere al leñador que envíe a su segunda hija a su palacio para hacerle compañía a la hija mayor. El leñador, ignorante de lo que realmente le ha ocurrido a su primogénita, lleva a su segunda hija al día siguiente. El gigante le entrega otra bolsa llena de oro y se lleva a la muchacha a su palacio subterráneo, dónde le dice que su hermana en realidad la mató por desobedecerle, y que si ella no quiere sufrir el mismo destino, no deberá de entrar en el cuarto prohibido. Antes de dejarla sola le entrega la llave y la sortija, y la muchacha pasa el día recorriendo las estancias del palacio, y cuando quiere algo, se lo pide a la mano negra. Al caer la noche llega el gigante, quién le pregunta a la muchacha si ha sido obediente. Está le responde que si, y cuando ve el anillo sin sangre, el gigante se da cuenta que ha dicho la verdad y se porta muy bien con ella durante la noche. Al llegar el día el gigante, antes de irse, vuelve a recordar a la muchacha que no debe de entrar en el cuarto prohibido, pero en cuanto se queda sola la muchacha entra, encuentra el pozo, en el que se le cae la sortija, que consigue sacar de allí, pero manchada de sangre que no puede quitar por mucho que la limpie. En cuanto el gigante ve la sortija ensangrentada mata y descuartiza a la joven y arroja sus restos al pozo junto a los de su hermana y los otros desdichados.

El leñador, pensando como les irá a sus dos hijas con el gigante, vuelve otro día y tira de la col. El gigante aparece y le pregunta que es lo que quiere, y el leñador le responde que solo quiere saber si sus hijas son felices. El gigante le contesta que sí, pero que ahora que son dos, echan de menos a la pequeña, por lo que el gigante sugiere que traiga a la menor, así podrán estar las tres juntas. El leñador se cree las palabras del gigante y llevó a su hija menor al mismo sitio a la misma hora, y antes de llevarse a la muchacha el gigante le dio una bolsa llena de oro. El gigante llevo a la muchacha al palacio subterráneo, le dio el anillo y la llave y antes de irse le advirtió que no entrase en el cuarto prohibido si no quería acabar como sus dos hermanas mayores. La menor era la más curiosa de las tres, pero también la más astuta, por lo que decidió entrar en la cámara prohibida, pero antes de hacerlo se quito el anillo y lo dejo en una mesa. Al asomarse al interior del pozo vio los restos humanos, entre los que reconoció a sus dos hermanas mayores. La muchacha salió del cuarto, cerró la puerta con la llave, se puso el anillo y se paso el día recorriendo el castillo, siendo servida siempre que pedía algo por la mano negra. Al caer la noche el gigante volvió, y cuando vio que el anillo estaba inmaculado, pensó que la muchacha le había obedecido y no había mirado en el cuarto.

Así transcurrieron los siguientes días: el leñador ocasionalmente iba a dónde estaba la col para tirar de ella y preguntarle al gigante cómo estaban sus hijas, y el gigante le daba siempre una bolsa de oro; y la muchacha aprovechaba la ausencia del gigante para entrar en el cuarto prohibido, quitándose siempre el anillo antes de entrar para que el gigante no la descubriese. Hasta que un día la muchacha, estando en el cuarto prohibido, vio una puertecilla en la que nunca antes se había fijado que esta entreabierta. La muchacha entra y llega a otro cuarto, más lujoso que el del pozo, en el que se encuentra un bello joven tendido sobre un magnífico lecho. El pecho del joven era un río, en el que un grupo de lavanderas estaban lavando madejas de lana. La muchacha se paso un buen rato observando al bello joven, del que se enamoró, y cuando se dio cuenta que el gigante ya debía de estar de vuelta, la muchacha salió de la habitación. La muchacha volvió al día siguiente, y el siguiente, y así todos los días, convirtiendo observar al joven en su nuevo pasatiempo. Y a medida que pasaban los días el gigante era cada vez más cariñoso y amable con ella. Pero un día, mientras que observaba al joven, se fijó que a una de las lavanderas se le escapó una madeja, que la corriente arrastraba río abajo y ninguna de las lavanderas se daba cuenta. La muchacha les llamó la atención, y en ese momento notó un gran temblor que sacudía el palacio. Tanto el río como las lavanderas se desvanecieron, y el joven se despertó. El joven le explico entonces que él estaba encantado, y de haber esperado un día más le habría desencantado, pero ahora que ella le ha despertado antes de tiempo, deberá de matarla o volver a echarse a dormir sin saber cuándo volverá a despertarse. Como el joven se había enamorado de ella, a la muchacha no solo la deja con vida, sino que además saco todos los trozos de cadáveres del pozo, los junto y revivió a las personas, incluidas las dos hermanas. Después condujo a todos fuera del palacio subterráneo, antes de despedirse de la hija menor del leñador y regresar a su palacio. Todos volvieron a sus casas muy felices, salvo la muchacha, que durante los siguientes días estuvo buscando la col, con la esperanza de que si tiraba de ella encontraría el palacio subterráneo y volvería a ver al joven encantado, pero nunca la encontró.

Inclusión en otras colecciones[]

Carmen Bravo-Villasante lo incluyo en la colección Las tres naranjas del amor y otros cuentos españoles, publicada en 1980; y Antonio Rodríguez Almódovar incluyo en la colección Cuentos al amor de la lumbre, publicada en 1983.

Ver también[]