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Il Sole (Trad: El Sol) es un cuento popular italiano recopilado por Domenico Comparetti, que Italo Calvino incluyo el cuento en la colección Cuentos populares italianos bajo el título La figlia del Sole (Trad: La hija del Sol).

Sinopsis[]

Tras mucho esperarlo una reina consigue quedarse embarazada, y el rey manda convocar a los astrólogos del reino para que predigan el futuro de la criatura que su esposa lleva en el vientre. Los astrólogos profetizan que la reina tendrá una hija, que antes de que cumpla los veinte años será amada por el Sol y tendrá una hija con él. Para evitar que su hija sea amada por el Sol, mandaron construir una torre con ventanas tan altas que la luz del Sol no pudiera llegar hasta el fondo, dónde encerraron a la niña en cuanto nació para que pasara veinte años sin ver el Sol ni ser vista por él, junto a su nodriza, que tenía una hija de la misma edad que la princesa, con la que se cría como si fuese su hermana. Un día, cuando la princesa está a punto de cumplir veinte años, ella y la hija de la nodriza hablan de todas las maravillas que les esperan cuando puedan salir al exterior. La hija de la nodriza sugiere colocar una pila de sillas lo bastante alta como para llegar hasta lo alto de las ventanas, y se podrán ver todas las maravillas de las que han oído pero nunca han visto. Apilan las sillas, y cuando se asoman, el Sol ve a la princesa y se queda tan prendado de ella que la manda un rayo y la deja embarazada.

La princesa da a luz a su hija sin que sus padres sepan nada, y cuando la niña nace la nodriza la abandona en un campo de habas. Así, cuando la princesa por fin cumple veinte años y es sacada de la torre, sus padres creen que la profecía no se ha cumplido. Mientras la niña es encontrada por otro rey que había salido de caza, que se compadece de la pequeña y se la lleva a su palacio para criarla como si fuese hija suya, sin saber el verdadero origen de la pequeña. Este rey ya tenía un hijo propio, un poco más mayor que la niña, que cuando crece se enamora de la hija del Sol. En cuanto el rey se entera separa a los dos jóvenes, mandando a la muchacha a vivir a una casa lejana y le busca una prometida a su hijo, con la esperanza de que se olvide de ella. El día de la boda el rey manda embajadores a todos los familiares y amigos para darles confites, la hija del Sol entre ellos. Cuando los embajadores llegan a la casa de la hija del Sol, esta les abre la puerta sin la cabeza puesta. La  hija del Sol se disculpa por presentarse con semejante aspecto, diciendo que se estaba peinando cuando llamaron y que tenía tanta prisa por abrirles que se dejo la cabeza en el tocador. La hija del Sol vuelve a por su cabeza y se la pone como si de una prenda más se tratase, y lleva a los embajadores a la cocina, dónde con solo ordenarlo hace que el horno se abra y la leña se meta y arda. Después se mete en el horno y sale sin una sola quemadura y un sabroso pastel, que les entrega para que se lo den al príncipe y a su prometida como regalo de bodas. Cuando los embajadores vuelven a palacio, cuenta con un hilo de voz todo lo que han visto, y aunque nadie les cree la prometida del príncipe, celosa, dice que eso no es nada, que ella también puede hacerlo. El príncipe la reta, y cuando se mete en el horno, la prometida muere calcinada.

Al poco tiempo al príncipe le comprometen con otra muchacha, y los embajadores vuelven a hacer el mismo recorrido el día de la boda. Cuando llegan a casa de la hija del Sol y llaman, la hija del Sol, en vez de abrirles la puerta, sale atravesando la pared como si fuese un fantasma. La hija del Sol se excusa diciendo que la puerta ya no puede abrirla desde dentro, y ella tiene que atravesar la pared para salir y abrirla desde fuera. Una vez abierta la puerta, la hija del Sol entra, acompañada por los embajadores, y va a la cocina, dónde ordena a la sartén que se ponga al fuego, y que el aceite se eche a la sartén y la avise en cuanto empiece a hervir. Una vez que el aceite ya esta hirviendo, la hija del Sol mete los dedos en la sartén, que se convierten en diez pescados fritos, que se corta y se los da a los embajadores para que se los lleven al príncipe como regalo de bodas. Mientras los dedos de la hija del Sol ya habían vuelto a crecer. Los embajadores, al volver a palacio, explican como vieron a la hija del Sol preparar los pescados fritos, y la prometida del príncipe responde que eso no es nada, que ella también fríe así el pescado. El príncipe la reta a que lo demuestre, y en cuanto la prometida mete los dedos en el aceite hirviendo se escalda y muere, y la reina les echa la culpa a los embajadores por inventarse historias.

Le encontraron una tercera prometida al príncipe, y el día de la boda los embajadores volvieron a la caja de la hija del Sol. Cuando llaman, la encuentran fuera de la casa, suspendida en el aire, pero cuando se fijan un poco más ven que se ha subido a una tela de araña. La hija del Sol desciende de la telaraña, llama al cuchillo para que venga y se corta una oreja, sacando de su cráneo un encaje de oro. Al terminar de sacarlo, se vuelve a poner la oreja en su sitio como si de una prenda más se tratase, y le da el encaje a los embajadores para que se lo den al príncipe como regalo de boda. Los embajadores llevan el encaje a palacio, dónde todos se quedan asombrados al ver un encaje tan hermoso y quieren saber de dónde procede. Los embajadores, como la reina se lo había prohibido, al principio no dicen nada, pero como los cortesanos no dejan de preguntarles, terminan por contar lo que habían visto hacer a la hija del Sol cuando fueron a su casa. La prometida afirma que es no es nada, pues así conseguía ella los encajes con los que adornaba sus vestidos. El príncipe la reta a que lo demuestre, y la prometida se corta la oreja y muere desangrado.

El príncipe, que sigue enamorado de la hija del Sol, termina por caer gravemente enfermo, y como no consiguen animarlo, los reyes mandan llamar a una vieja maga para que les dé consejo. La maga les dice que su hijo se pondrá bien si toma sopa de cebada, pero no de cebada ordinaria, sino de cebada que haya sido sembrada y cosechada en una hora. El rey al oírlo se desespera, pues nunca ha sabido que semejante cebada exista, pero en cuanto se acuerda de la hija del Sol y de los prodigios que es capaz de realizar, y la manda llamar. La hija del Sol es capaz de sembrar la cebada, hacerla brotar, segarla y hacer una sopa con ella en una hora. Le lleva la sopa al príncipe, pero la sopa sabe tan mal que en cuanto prueba la primera cucharada la escupe y mancha a la muchacha, que le pregunta cómo es que osa escupirla a ella, hija del Sol y nieta del rey. El padre del príncipe, en cuanto se da cuenta del verdadero origen de la muchacha, la dejan casarse con su hijo, que ya se ha curado. Y a partir de ese día, la hija del Sol no volvió a utilizar sus poderes.