Todos se Irán al infierno
En la miserable y retorcida psique humana yace una fascinación por lo oscuro y desconocido. “Todos se Irán al infierno”, una obra maestra del terror psicológico, nos sumerge en un abismo de mentiras y traiciones. Escrita por Marcos Orowitz, esta novela remasterizada del 2010 explora la naturaleza perversa del ser humano y su propensión a manipular creencias milenarias para su propio beneficio.
La historia sigue a un predicador corrupto por la codicia, quien se autoproclama profeta tras recibir una supuesta revelación divina. Su mensaje apocalíptico, destinado a sacudir los cimientos de la fe, desencadena una serie de eventos que ponen al descubierto la fragilidad de la verdad y la facilidad con la que se puede engañar a los creyentes.
“Todos se Irán al infierno” no es solo una novela de terror; es un espejo que refleja las travesías diluvianas y apocalípticas de la Biblia, utilizadas a lo largo de la historia como herramientas de control. Con cada página, Orowitz nos invita a cuestionar la realidad y a enfrentarnos a los demonios que, en nombre de la fe, han sido capaces de justificar los actos más atroces.
Autoproclamado profeta y considerado por un grupo de personajes tendenciosos que circulan por YouTube como un “varón de Dios”, Greeley aseguraba haber recibido una revelación divina. Su mensaje apocalíptico y de arrepentimiento resonaba fuertemente en las mentes vulnerables de su rebaño. Pero bajo la apariencia de un salvador, este hombre era, en realidad, un maestro del engaño que buscaba dominar almas y corazones, manipulando la desesperación de quienes anhelaban respuestas.
“Todos se irán al infierno” no se limita a ser una novela de terror; es un examen profundo de la fe y la tiranía que a menudo se oculta tras ella. A través de la pluma de Orowitz, la narrativa nos invita a desentrañar el oscuro entramado que conforma las creencias humanas, desafiando la fragilidad de la verdad y desnudando la avaricia que, en nombre de la espiritualidad, ha presenciado horrendos actos a lo largo de la historia.
Introducción Fragmentada
El viejo y ordinario Greeley era un maldito farsante, de baja estatura y mirada indiferente. Su rostro era una máscara de hipocresía, donde cada gesto advertía una mezcla peligrosa de miedo y ambición. Había aprendido un antiguo truco: transformar la fe en negocio, hacer de la devoción un producto que se podía vender al mejor postor. Y aquel domingo, en el polvoriento pueblo de Hope Hollow, el aire estaba cargado de un hedor a salvación y pura avaricia.
No entraremos en detalles sobre su vida privada, ya que eso solo provocaría comentarios negativos por parte del público. Es difícil que quien lea estas páginas crea que este charlatán era un adicto al sexo duro, que disfrutaba de vestirse de mujer y que le dieran de nalgadas mientras lo llamaban Natalia. Lo que sucedía tras las puertas de su hogar era aún más oscuro: era un machista, difícil con su esposa y un patán con sus dos hijos adolescentes, a quienes prácticamente desconocía. Todo el pueblo sabía que eran criados por doña Elena, una mujer mayor y sin familia, que había sido fiel colaboradora de la obra por más de dos décadas. Su dedicación le valió el título de Ujier de las ofrendas, un reconocimiento que obtuvo gracias a su compromiso y, sobre todo, a su silencio. Sus labios cerrados guardaban incómodas anécdotas y situaciones que, aunque reveladoras, no se mencionan. En el fondo de su corazón, Elena anhelaba servir a Jesús o a quien fuera, y ese silencio… la convertía en cómplice.
Tampoco me detendré en cómo conseguía sus drogas ni en quién era su maldito dealer. Este mensajero de Dios consumía cocaína para poder soportar los múltiples compromisos que llenaban su agenda pastoral. No te preocupes; no profundizaremos en esos aspectos. Te prometo que esta novela no se centrará en esos sucesos. Más bien, explorará un fenómeno paranormal que cruzará los límites de tu comprensión, llevándote de un grito furioso a una dimensión que desconoces, pero que está muy cerca de ti.
“La necesidad tiene cara de hereje”, solían susurrar en el pueblo, y Greeley lo sabía demasiado bien. El poder que detentaba en las manos sudorosas de sus fieles, esa masa de campesinos hambrientos de esperanza era su arma más preciada. Les prometía el reino de los cielos y ellos, en su ignorancia, le entregaban lo poco que poseían a cambio de promesas de redención que nunca cumpliría.
Los feligreses se apiñaban en la pequeña iglesia de madera, sus rostros pálidos y conteniendo la respiración en un trance de fe que solo él podía invocar. Mientras el viento aullaba afuera, el antiguo organillo de la iglesia sonaba, pero no con melodías celestiales, sino como un lamento por las almas que estaban siendo robadas. Era un canto de muerte, y Greeley se sentía como un dios en su altar de barro.
—¡Hermanos y hermanas! —gritó, su voz retumbando en paredes cocidas por el fuego—. ¡El fin se acerca!
Su tono era el de un hombre acostumbrado a manipular, a jugar con las emociones ajenas como si fueran marionetas. No era solo un predicador; era el ladrón de gallinas del pueblo, el bastardo que se escabulle en la oscuridad, robando lo que encuentra.
El poder lo colmaba de adrenalina y en su mirada codiciosa mientras observaba a sus feligreses, con los ojos llenos de devoción, entregando sus monedas con la esperanza de escapar de la miseria. Para esta basura, cada moneda era un estigma más en su alma corrupta, una señal de que su estafa estaba rindiendo frutos. Había convertido la fe en un circo, y él era el maestro de ceremonias.
Sin embargo, su día de gloria estaba a punto de estallar en mil pedazos. En medio del fervor y la atmósfera cargada de codicia, el eco de una puerta principal se abrió y un extraño apareció en la penumbra. Era un hombre viejo, con un rostro demacrado y una mirada afilada como un cuchillo, uno que conocía bien las sombras y los secretos del pueblo. Sin mediar palabra, se dirigió a Greeley, su presencia enviando escalofríos por la espina dorsal de quienes estaban presentes.
Mientras Greeley intentaba mantener su fachada de líder espiritual, el extraño dio un paso adelante, revelando una gravedad en su andar que contagió a la congregación. El brillo en los ojos de Greeley comenzaba a oscurecerse, y un sudor frío se deslizaba por su frente.
—¡Tú no tienes derecho a estar aquí! —proclamó Greeley, intentando recuperar
a autoridad que comenzaba a escaparse de sus manos. Sin embargo, la voz del anciano resonó con la fuerza de un trueno:
—Vas a pagar por tus mentiras.
El silencio cayó como un manto pesado sobre la congregación. El pueblo podía estar lleno de crédulos, pero había quienes deseaban justicia, no la ilusoria salvación que Greeley ofrecía con ese jueguito religioso de JESUS TE AMA. Con cada palabra del anciano, las murallas de su pequeño reino empezaban a desplomarse. Eran ecos de todos aquellos a quienes había defraudado, de los que habían llorado por su fe perdida.
Greeley, el maestro de las ilusiones, se encontraba al borde del abismo. El temor comenzaba a corroer su compostura. Intentó desviar la mirada de aquella figura aterradora, pero era demasiado tarde; cada alma que había engañado parecía aparecer ante él, manifestaciones escalofriantes de un futuro incierto y terrible. Las imágenes de aquellos a quienes había manipulado y que ahora le miraban con odio se entrelazaban en su mente.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, golpeando el suelo con un sonido sordo. Greeley podía sentir la mirada de sus feligreses clavada en él, como dagas afiladas en la penumbra. Un lamento profundo y lleno de agonía emanaba de las almas inquietas que clamaban por justicia, ecos persistentes de quienes habían sufrido en aquel lugar olvidado por los dioses.
—He venido a este lugar a llevarme al hijo de perdición—profirió el anciano, levantando su mano en un gesto serio. Su voz resonaba con la furia de un huracán, y cada palabra era un latigazo que azotaba el aire cargado de desesperación.
El corazón de Greeley latía despacio, como las manecillas de un inmenso reloj que se mostraba como un trofeo en la pared principal de la iglesia. Era una trampa, un laberinto del que hablaba su propio terror. Intentó huir, descendiendo apresuradamente por la escalinata del púlpito, pero su camino fue obstruido por una ujier de su propia congregación, cuya cara era un espejo de indignación.
—No irás a ningún lado, maldito perro—siseó ella, sus palabras estaban impregnadas de una rabia que parecía emanar directamente del infierno.
Fue en ese momento que la desesperación se apoderó de Greeley. En un impulso, descargó un puñetazo en el rostro de la anciana, enviándola contra la pared con un golpe que resonó en el aire helado. Pero esa acción, lejos de aliviar su angustia, fue la chispa que encendió la pólvora.
De entre la horda de aspirantes a la gracia divina, dos jóvenes músicos, completamente poseídos, se lanzaron hacia él con sus instrumentos en mano, sus miradas vacías como las de depredadores en acecho. La escena se tornó caótica: un frenesí de gritos y confusión se desató en la iglesia.
De repente, una guitarra eléctrica, desgastada por el tiempo, se estrelló contra su cara con un estruendo resonante. Greeley se detuvo en seco, desequilibrado por el golpe.
—¡Escucha, maldito pastor de ovejas!—gritó uno de los jóvenes, su voz cargada de rabia—. Eres humano. ¡Lo ves! ¡Tienes tanta sangre en tu rostro como pecados en tu corazón!
Desde el suelo, en medio del caos, Greeley pensaba rápidamente, su mente atrapada en una confusión abrumadora: ¿cómo lograría escapar de esta reunión de la muerte? La lluvia arreciaba afuera, y con cada gota que caía, el peso de sus decisiones pasadas se hacía más palpable, como si estuviera enredado en las mismas sombras que lo perseguían.
—¡No!—exclamó Greeley, aunque el grito apenas pudo ser escuchado sobre el clamor de sus feligreses transformados en una masa furiosa—. ¡No entienden! ¡Ustedes son los verdaderos perdidos!
Sin embargo, sus palabras fueron como hojas secas arrastradas por el viento. Ya nadie le creía. La tormenta tanto dentro de la iglesia como afuera continuaba acrecentándose y, en ese instante, comprendió que el tiempo se le había agotado. Estaba a punto de perderlo todo: su fama, su poder, y quizás, su propia vida.
Con el sonido de los instrumentos resonando en su mente, Greeley se levantó, desmayado por la rabia y el pánico. Tenía que actuar, pero las sombras del pasado lo mantenían cautivo. En su desesperación, lanzó un último vistazo al anciano, que observaba todo con una serena determinación. En sus ojos, Greeley vio no solo su condena, sino la posibilidad de que la verdad emergiera, tal como el sol después de la tormenta.
La tormenta seguía arremetiendo desde afuera, y Greeley se dio cuenta: ya no podía seguir huyendo. Tenía que enfrentarse a las sombras que había creado.
Con el corazón en la garganta, avanzó hacia el anciano, listo para desafiar no solo la voluntad de la multitud, sino también sus propios demonios.
—Si es la verdad lo que buscan, se las daré—declaró, su voz resonando entre el estruendo, convencido de que era el único camino hacia la redención, aunque la lluvia insistiese en borrar su huella.
Pero eso de nada sirvió; la horda enardecida y hambrienta de justicia había comenzado su festín sin previo aviso. Tomaron a su mujer y a uno de sus hijos de nombre Tobías, y los comenzaron a despedazar por completo. El llanto del adolescente se escuchaba como el grito de un cerdo atravesado por el puñal de su cazador. Sin embargo, su esposa… esa maldita zorra, fue un poco más conservadora y silenciosa en sus últimos gritos de muerte. Solo se limitó a decir: “¡Váyanse al carajo, hijos de perra, mal nacidos!”…”Consigue el libro”
“Todos se irán al infierno” fue publicada el 2 de Mayo del 2024 por la editorial Vibras y está disponible en una variedad de formatos para satisfacer las preferencias de todos los lectores, incluyendo E-book, audio y papel. La novela ha trascendido fronteras, con traducciones a 25 idiomas, lo que refleja su alcance global y permite a una audiencia internacional experimentar este viaje a través del terror psicológico, todo bajo la pluma del talentoso autor Marcos Orowitz.”