They know it... you don't[]
Ellos lo saben... tú no, es un libro del genero de ciencia ficción, conspiración, terror y misterio, fue escrita en el año 2016 por el autor Marcos orowitz.
¿Qué pasaría si descubrieras que el mundo que conoces es una mentira? ¿Qué harías si te enteraras de que hay fuerzas ocultas que manipulan la realidad a su antojo, sin importarles el sufrimiento de los demás? ¿Cómo reaccionarías si te enfrentaras a horrores inimaginables que desafían las leyes de la naturaleza y la razón?
Estas son algunas de las preguntas que plantea Marcos Orowitz en su libro "Ellos lo saben... tú no", una colección de cuentos relacionados a esta temática tendenciosa y controversial, En estas páginas encontrarás relatos de ciencia ficción, conspiración, terror y misterio, que te llevarán a mundos paralelos, laboratorios secretos, sectas malignas, pesadillas lúcidas y otras dimensiones donde nada es lo que parece, pero todo es posible al atravesar esta dimensión.
Con una prosa ágil y envolvente, el autor te sumerge en historias que te atraparán desde la primera línea y te mantendrán en vilo hasta el final. Prepárate para vivir emociones intensas, sorpresas escalofriantes y giros inesperados que te dejarán sin aliento.
Pequeño fragmento
Todo comenzó una noche cuando la cuadrilla nocturna de recolectores de residuos pasó por su casa. El sonido de la compactadora y los gritos de los trabajadores retumbaron en sus oídos. "Ella lo describió así" el bullicio descontrolado de las calles la preocupó. Salió rápidamente y lo que vio fue una masacre. Nadie supo qué sucedió, no había indicios por dónde comenzar. "Ni siquiera se escuchó el estruendo de un arma, vehículos colisionando o personas agrediéndose". Esa misma noche fue la última vez que vio con vida a su marido.
Salió a las calles junto al perro. Tenía la costumbre de encender un cigarrillo y caminar por la vereda hasta el parque y luego volver al rato, pero esta vez ninguno de los dos regresó jamás.
Cerró las persianas de la peluquería "un poco tarde de lo normal". El último cliente llegó sobre la hora e insistió en que le rasurara la cabeza. Se había metido en un gran problema y no quería ser reconocido.
—Cuando terminó con el cliente, cerró las persianas a las 20 horas, encendió un cigarrillo, abrió una cerveza y caminó hasta la estación del metro para retornar a su hogar. Siempre sucede lo mismo en esta ciudad: la policía desaparece mágicamente luego de las 18 horas y las calles se convierten en tierra de nadie. El metro pasa a ser propiedad de delincuentes, dealers de estupefacientes y transexuales en su mayoría. Toman el control del territorio y esta modalidad recurrente asusta a los transeúntes que conocen a detalle el mecanismo y los procesos de estas mafias. Evitan acercarse al metro y la noche se la ganan los taxis, los Uber o cualquier medio de transporte que te saque de esa zona de mierda que durante el día fue poblada por miles de trabajadores moviéndose como hormigas, desplazándose por las venas de acero de Nueva York. Durante las jornadas matutinas es la forma más rentable y segura de viajar, pero por las noches, antes de que las puertas de las estaciones cierren, se convierte en el almacén de los animales nocturnos.
—Estas son cosas que cualquier ciudadano dotado de un mínimo de inteligencia puede discernir, ¡pero la policía no! O eso es al menos lo que dan a entender a la sociedad. Ellos están más allá de los vagones apestosos del metro, están para los peces más gordos. No andan con pequeños vueltos de latinos y negros vendiendo mercancía rebajada a los zombis, yonquis y prostitutas que salen por las noches. Ese jueguito del gato y el ratón no se les queda muy bien porque a las autoridades políticas les conviene que estas comercializaciones se realicen a tiempo y con la mayor discreción posible. Hay alguien detrás de ellos con mucho más poder. Entonces simplemente digamos que nada se puede hacer y miremos hacia otro lado. Miremos, por ejemplo, qué pasó con este peluquero del que comenzamos a hablar desde un principio.
—Dijimos que el tipo cerró las persianas de la peluquería a las 20 horas, algo tarde, encendió un cigarrillo y caminó hacia el metro. Pese a todo el flagelo que inevitablemente azota la ciudad y que acabo de describir, el tipo hacía uso de aquel transporte.
—Más allá de las tendencias que arrojaban las noticias locales y advertían a los ciudadanos a tomar precauciones en estas verdaderas trampas públicas, el tipo viajaba y se cruzaba también con todo este excedente de basura nocturna en la ciudad que de alguna manera lo conocía pero hacía caso omiso a su presencia. Quizá porque muchos de ellos lo conocían como el peluquero de la avenida Westchester en el Bronx. Su apariencia era todo un apotegma en el verso de un escritor: un personaje pequeño con rasgos particulares semejante a un hobbit y una prominente calvicie que estaba devorando lentamente su cabello, anunciaban a los cuatro vientos un elemento indefenso entre los tipos a los que verdaderamente había que temer por posible soplón. En la escala del uno al cien, él se encontraba en el puesto número 98, justo por delante del anciano ciego vendiendo caramelos y un puesto detrás del ex combatiente paralítico pidiendo limosnas dentro de los vagones del metro.
—¡Vaya recuerdo! El ciego, quien para muchos era un pobre tipo al que la vida lo privó de uno de los sentidos necesarios para ganarse la vida en esta jungla de cemento y por el cual muchos no podrían haber sobrevivido ni un solo día en la oscuridad total, fue reclutado por una de estas facciones narcos para trabajar como repartidor de droga. No voy a colocarle el título de dealer porque el invidente tuvo que acceder a este trabajo por temor. Salía a la ciudad y permanecía parado en la entrada de la estación Atlantic Avenue-Barclays Center. Alguien le entregaba dos bolsas con muchos caramelos dentro. La bolsa de cartón contenía la droga envuelta de forma sofisticada y prolija, y la de plástico contenía los caramelos convencionales.
Recibía también una frase verbal que se actualizaba todos los días y era utilizada como contraseña por los clientes de confianza que la recibían por medio de un mensaje en el celular. El invidente subía al tren y se paseaba por los vagones una y otra vez entregando mercancía y recibiendo dinero de todos aquellos que al tocarlo repetían esa frase verbal. ¡Y no trabajaba solo! Alguien a quien nunca conoció pero que sabía perfectamente que se encontraba cerca de él, lo seguía cuidadosamente desde lejos, como un guardaespaldas observando minuciosamente que nadie intentara robar el dinero de las ventas. También fue un elemento crucial los primeros días de entrega, porque el viejo confundía las bolsas y no prestaba atención a la frase. Entonces este tipo se acercaba a la escena y de alguna manera corregía el error aduciendo que el anciano era su abuelo.
—Así era más fácil. Los elementos policiales sin uniforme trabajaban hasta tarde y últimamente lo hacían desde el metro. Alguien los había puesto en alerta, y alguien también había descubierto su presencia a todas horas por los vagones. Querían llegar hasta la gran cabeza de la banda, y el ciego no era más que un eslabón en esta cadena del narcotráfico.
—Pero esa es otra historia, que todos conocemos y hasta el peluquero sabía perfectamente de estas maniobras. Solo que no se entrometía. ¡O al menos lo intentaba! Con cara de nada y sin ninguna expresión en su rostro, lograba viajar todos los días a la misma hora hasta su hogar.
—Pero esta vez alguien abrió la boca y uno de los oficiales que protegía ese negocio advirtió la filtración a los jefes. Estos hablaron con sus contactos en las calles y los enviaron al metro para encontrar al delator. Durante toda una semana hicieron trabajo de inteligencia y siguieron a los posibles delatores, pero no consiguieron nada, hasta que uno de ellos visualizó la figura patética del peluquero acurrucado en uno de los asientos del último vagón, escena que repitió durante toda la semana. El tipo subía al mismo vagón, escogía el mismo asiento y hasta hablaba con el hombre invisible. Esa particularidad en su comportamiento despertó en ellos curiosidad. No sabían si el tipo era un policía encubierto, un soplón o un simple trabajador con serios trastornos de personalidad.
—Entonces creyeron conveniente seguirlo y asegurarse de que no fuera a quien estaban buscando. Más allá de saber por experiencia que las personas de los conglomerados no muy grandes tienen hábitos repetidos, para liberar esas dudas decidieron seguirlo.
—Ellos lo esperaron en la intersección de la avenida que desembocaba en el metro. Encendieron un cigarrillo y observaron al peluquero descender de la estación con rumbo al barrio Prospect. Con una distancia prudente lo siguieron por detrás. El peluquero hizo parada en una tienda de abarrotes, compró cervezas y cigarrillos, luego continuó caminando hasta llegar a su casa. Pasadas las dos horas, salió con su perro. Sostenía en su mano derecha una lata de cerveza y en la otra un cigarrillo encendido. Caminó algunas calles hasta el parque, para luego regresar por el mismo camino.
—Eso fue todo lo que la mafia pudo obtener de él, y los días subsiguientes sucedió exactamente lo mismo. Todo aquello fue una pérdida de tiempo. El peluquero estaba más limpio que Barack Obama en el Pizza Gate, y como no pudieron encontrarle nada de nada, resolvieron que solo se trataba de un simple peluquero de la avenida Westchester en el Bronx.
—Este informe llegó a los jefes, que rápidamente transmitieron el mensaje al oficial que los protegía, quien había advertido la presencia de un soplón en el metro. Pero eso no era verdad. El tipo era un desgraciado ambicioso que se inventó toda esta novela de suspenso y misterio para ganar el favor de los narcos y lograr salirse para siempre del departamento de policía y vivir de este negocio.
— Los jefes narcos lo mandaron a buscar y lo trajeron a la fuerza, lo presionaron para que dijera la verdad del asunto, pero el muy cobarde insistió fervientemente en su primera declaración y solicitó a los jefes narcos que le permitieran investigar por su cuenta a los posibles delatores que sus contactos en las calles dieron como negativo.
—Luego de pensarlo por un buen rato le permitieron realizar a fondo un nuevo seguimiento a los posibles delatores que sus contactos dejaron atrás, y le recomendaron regresar ante ellos con pruebas contundentes y con el nombre del soplón para hacerlo desaparecer lo antes posible..."Consigue el libro"
Cuentos de la obra
- No son humanos
- Abducción
- Los gobiernos detrás de los gobiernos
- Satanás vestido de extraterrestre
- La desaparición del viejo Theodore
- Un relato interesante
- Área 51
- La hora señalada 03 am
- En la ventana
- Desde el jardín oí un grito
- Te llevaremos a nuestro planeta
- La gran mentira
“Ellos lo saben...tú no” fue publicada el 4 de julio del 2024 por la editorial Vibras y está disponible en una variedad de formatos para satisfacer las preferencias de todos los lectores, incluyendo E-book, audio y papel de 318 paginas, La novela ha trascendido fronteras, con traducciones a 25 idiomas, lo que refleja su alcance global y permite a una audiencia internacional experimentar este viaje a través del terror psicológico, todo bajo la pluma del talentoso autor argentino Marcos Orowitz.”