Onírico la guerra de los sueños[]

Prólogo[]
En lo profundo de la curiosidad y la audacia juvenil, cinco jóvenes descubren un umbral entre lo real y lo imaginado. Lo que comienza como una exploración de los sueños —un intento por alterar pequeñas piezas de la realidad— pronto los enfrenta a fuerzas que trascienden cualquier límite conocido.
El mundo onírico no es un lugar seguro. Allí habitan entidades oscuras y maliciosas, seres que se alimentan del miedo y que controlan las energías invisibles que separan la vigilia de la pesadilla. Lo que los jóvenes consideraban un experimento se convierte en una lucha por sus vidas, por sus recuerdos y por la propia realidad.
A través de rituales, sueños compartidos y la fuerza de su vínculo, se enfrentarán a estas hordas demoníacas. Cada batalla es un riesgo, cada victoria, un paso más cerca de consolidar su poder y su humanidad. Lo que empieza como curiosidad se transforma en heroísmo, y los límites de lo posible se impone entre el mundo tangible y el reino de los sueños.
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Cortesía: EDTV
Traducción: Ingles a Español latam Rossana Oyanarte
Genero: Drama, ciencia ficción, terror y suspenso
Autor: Marcos orowitz
Paginas: A confirmar Marzo 2026
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Capítulo 1: El Llamado del Primer Sueño[]
La visión se quebró de manera abrupta, como si alguien hubiese arrancado de su mente una proyección proveniente de un reino ajeno al entendimiento humano. Lia abrió los ojos con violencia, jadeando, mientras una oleada de latidos descontrolados golpeaba su pecho.
La oscuridad de su habitación en Chapel Hill —un lugar pequeño en carolina del norte, insignificante frente a las fuerzas que acababa de rozar— parecía incapaz de contener las geometrías antinaturales que todavía vibraban en la frontera de su pensamiento.
El techo, normalmente liso y silencioso, parecía poseer un leve pulso, una ondulación mínima que amenazaba con volver a formarse en cualquier instante.
Lia permaneció sentado, sin moverse, respirando como si hubiera regresado de un viaje sin rutas, sin mapas, sin retorno asegurado.
La sensación no desaparecía.
Algo de aquello…
alguien de aquello…
seguía adherido a su interior.
Una huella, un contacto, un fragmento de una inteligencia lejana, inmensa, despiadada.
No era un simple recuerdo del sueño: era un rastro consciente, un roce que no pertenecía a la memoria humana.
Un pensamiento surgió desde un lugar profundo de su mente, como si no le perteneciera:
“Aún no has terminado de ver.”
Lia apretó los dientes.
La habitación seguía callada, pero ese silencio se sentía contaminado, distorsionado, como si la realidad no hubiese regresado del todo con él.
Horas después, ya en el campus, caminaba con paso inquieto junto a los otros cuatro que, sin saberlo, pronto quedarían unidos por algo mucho mayor que cualquier clase.
Pero aquella caminata —esa simple escena entre árboles, mochilas y concreto— escondía capas que ninguno veía por completo.
Paul, unos metros adelante, parecía un algoritmo a punto de romperse.
Ingeniería informática, beca parcial, dos trabajitos por fuera para cubrir lo que la universidad no. Su mamá limpiaba oficinas en Durham; su papá, ausente desde que cumplió diez, había sido detenido por fraude menor y nunca volvió a casa. Paul lo mencionaba poco, y cuando lo hacía, lo hacía como si hablase de un fantasma.
Su obsesión por “sistemas perfectos” tenía una raíz obvia: arreglar lo que nadie arregló por él.
Movía el pie con impaciencia mientras guardaba la laptop, como si cualquier retraso pudiera desatar un derrumbe personal. Sus ojos, de un gris casi metálico, no observaban el mundo: lo evaluaban, lo escaneaban, buscando fallas, soluciones, amenazas.
Sol, a su lado, era un contraste viviente.
La serenidad que mostraba al caminar era apenas una superficie. En su casa, esa calma no existía. Su madre llevaba años lidiando con episodios depresivos severos, y su hermano menor —diagnosticado con síndrome de Asperger— alternaba entre momentos de lucidez brillante y crisis que dejaban a Sol exhausta.
La religión había sido su refugio y su ruptura. Criada en un hogar rígido, había estudiado teología antes de huir hacia religiones comparadas, donde intentaba entender cómo las creencias podían sostener —o destruir— una vida.
Su altura imponía, pero su melancolía la volvía humana: un equilibrio frágil entre la fortaleza y un cansancio que nunca confesaba.
Noah, cerrando la pequeña formación, parecía siempre venir de otro lugar.
Padres divorciados, un padre que viajaba constantemente por trabajo y una madre que compensaba la ausencia con silencios incómodos y preguntas demasiado tardías.
Desde niño tenía episodios de sonambulismo extremo: lo encontraban en el jardín, en el garaje, una vez incluso al borde de un bosque cercano, sin recordar cómo había llegado ahí.
Los psiquiatras hablaban de parasomnia; él hablaba de “lugares que no existen cuando estás despierto”.
La luz filtrada entre los árboles parecía detenerse en él. Había algo en su mirada que mezclaba curiosidad y distancia, como si analizara símbolos invisibles en cada piedra, en cada sombra.
Kora, como siempre, apareció sin sonido.
No tenía familia cerca; vivía sola desde los diecisiete, después de un conflicto grave con su padre —un neurocirujano brillante, frío, obsesivo— que veía la mente como una máquina defectuosa que debía corregirse.
Kora no había vuelto a hablarle.
Estudiaba neurociencia casi por obligación emocional, como si necesitara comprender el daño para desarmarlo.
Guardaba cuadernos enteros de sueños recurrentes, patrones de arquitectura onírica que nadie más podía reconocer. Su mente era un mapa secreto. Y lo sabía.
Y Lia, que caminaba con ellos, pero separado por dentro, cargaba con su propia grieta.
Su familia no era disfuncional, pero sí distante: padres académicos, rígidos, incapaces de comprender por qué alguien tan “prometedor” vivía con ansiedad crónica y terrores nocturnos desde la adolescencia.
A los quince había tenido un episodio de desrealización que nadie supo diagnosticar, pero desde entonces, los sueños… no eran sueños. Eran lugares.
Y esa presencia —la que lo había despertado esa mañana— seguía respirando en su nuca.
Los cinco avanzaron por el sendero principal mientras la universidad vibraba con su rutina habitual.
Lia apenas podía concentrarse.
Paul fue el primero en romper el silencio cuando sacó su celular.
—Bro, mira esto —dijo sin reducir la velocidad—. Los vídeos se están haciendo virales. Estos "hechiceros" juran que pueden entrar en los sueños de otras personas. No es broma. Hablan de rituales, sincronicidades... y de mover cosas dentro del sueño como si fuera una dimensión separada.
Sol puso los ojos en blanco, aunque sin convicción.
—YouTube está lleno de esos farsantes. Nada nuevo.
—Yeah, seguro —gruñó Paul—. Pero cuando veinte de ellos repiten el mismo método palabra por palabra… nah, man, no se trata solo de buscar influencia.
Noah se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Vi algunos anoche… no son amateurs. Son demasiado precisos. Como si no estuvieran improvisando nada.
Kora observaba el suelo mientras caminaba, como si analizara patrones invisibles entre las hojas caídas.
—No es importante si dicen la verdad o no —murmuró—. Lo importante es que describen una estructura del sueño… algo estable. Algo que puedes recorrer.
Lia se detuvo. No podía callarlo por más tiempo.
—Yo estuve ahí —soltó, aún jadeando un poco—. En ese… lugar.
Los otros cuatro lo miraron sin pestañear.
Paul frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con ahí, bro?
Lia tragó saliva.
—No era un sueño normal. No era mío. No era… un sueño humano. Caminé por un sitio que no podía existir. Y algo me estaba esperando.
Sol apretó los labios, perturbada.
—¿Cuántas veces?
—Tres.
Kora levantó la mirada por primera vez desde que salieron de clase.
—Si se repite, no es un sueño —dijo con una calma inquietante—. Es un llamado.
El silencio se expandió entre ellos con un peso que ninguno supo romper de inmediato.
Paul guardó el celular, decidido.
—De acuerdo. Bien. Si esto es real... no podemos seguir perdiendo el tiempo en redes sociales, tonterías y distracciones. Vamos a por todas. Investiguémoslo a fondo.
Noah asintió lentamente.
—Quiero saber qué es ese lugar. Y por qué está conectándose con él.
Sol respiró hondo, como si aceptara un destino que llevaba años esquivando.
—Entonces lo hacemos juntos.
Kora bajó la mirada, casi reverente.
—Juntas —corrigió con suavidad—. Hasta donde llegue este camino.
La tarde seguía desenvolviéndose en el campus con normalidad.
Lo que ellos acababan de decidir, en cambio, era el primer paso hacia una grieta que no volvería a cerrarse.
El grupo avanzó hacia la salida del campus, dejando atrás los edificios en los que, hasta esa tarde, su vida parecía guiada por horarios, trabajos prácticos y expectativas universitarias. Había algo distinto en su manera de caminar: un acuerdo tácito, una tensión compartida que comenzaba a envolverlos como una corriente invisible.
Lia sentía que la luz del atardecer tenía un peso extraño, como si cada reflejo trajera consigo un fragmento del sueño que aún vibraba en él. No eran alucinaciones: era una persistencia, una especie de resonancia silenciosa que lo acompañaba desde que despertó.
Paul caminaba a su lado, revisando compulsivamente videos guardados en su teléfono. No hablaba, pero sus ojos —siempre tan calculadores— ahora se movían con una intensidad distinta. Había encontrado patrones, similitudes entre relatos de desconocidos que jamás se habían contactado entre sí. Personas que aseguraban haber visto seres que adoptaban formas fluctuantes, estructuras que no seguían leyes humanas, lugares que se creaban y deshacían como si la lógica fuera un material maleable.
Sol, más atrás, observaba las sombras proyectadas por los árboles mientras avanzaban. No buscaba figuras; buscaba rupturas, fallas en la continuidad. Desde su propio sueño, tenía la impresión de que el mundo físico era apenas una superficie delgada y que lo que vieron —lo que los vio— estaba más cerca de romperla de lo que cualquiera admitiría.
Noah escuchaba cada paso, cada conversación truncada a su alrededor. No hablaba, pero un leve temblor en sus dedos delataba la intensidad de su concentración. En su mente trataba de reconstruir el contorno de la entidad que había visto: un cuerpo humanoide sin forma fija, con movimientos que no correspondían a ningún ser vivo. Su memoria registraba detalles con precisión casi quirúrgica, pero aun así sentía que algo esencial escapaba.
Kora, serena como siempre, mantenía las manos en los bolsillos. Pero en su rostro había una rigidez nueva. Su conocimiento sobre arquitectura del sueño no provenía solo de estudios formales. Desde hacía meses —quizás años— llevaba un registro personal en el que anotaba sueños recurrentes que parecían tener estructura, reglas internas, puntos de entrada y salida. Para ella, los sueños no eran caos: eran un territorio.
Y ahora tenían la certeza de que no eran los únicos en él.
Cruzaron la avenida principal, mezclándose con otros estudiantes que reían, comían o discutían sobre exámenes. El contraste era casi insoportable.
Lia se detuvo de golpe.
—¿Y si esto ya empezó? —preguntó, con la voz más baja de lo normal.
—¿Qué cosa? —respondió Sol, girando apenas la cabeza.
—La conexión. Esa cosa que vimos… no fue casual. No fue espontánea. Y no fue privada.
Si nos encontró en sueños… quizás ya nos está buscando ahora.
Paul se inclinó hacia él, bajando el volumen de su voz.
—Bro, relájate. No hay nadie siguiéndonos.
Noah lo interrumpió.
—No sabemos eso.
Kora se adelantó unos pasos y señaló un banco vacío cerca de un pequeño parque del campus.
—Sentémonos. Si vamos a hablar de esto, no podemos hacerlo en medio del camino.
Se acomodaron alrededor del banco, aunque ninguno llegó a sentarse por completo; todos permanecían inquietos, como si el cuerpo se negara a permanecer mucho tiempo en un mismo lugar.
Paul exhaló lentamente.
—Ok, listen. Los brujos estos —los de los videos— no solo hablan de entrar en sueños ajenos. Dicen que si muchas personas sueñan juntas… pueden generar un espacio compartido, como una sala infinita donde las reglas se pueden manipular a voluntad.
Lia lo miró con el ceño fruncido.
—¿Cómo lo que vimos?
Paul negó con la cabeza.
—No. Lo que vimos no fue creado por humanos. Esto es… algo más.
Sol se frotó el puente de la nariz.
—Si esa entidad no era humana, entonces los brujos no están “creando” nada.
Están abriendo puertas que no entienden.
Kora levantó la mirada.
—Y si ellos pueden hacerlo… nosotras también.
Noah se acercó un poco más.
—¿Para qué querríamos hacerlo?
Hubo un silencio breve, pero cargado.
Fue Lia quien lo rompió.
—Porque la gente que sube esos videos… muchos empezaron por curiosidad.
Pero varios lo hicieron para escapar de problemas de la vida real: ansiedad, depresión, duelos, traumas, pérdidas…
Y aseguran que en esos espacios pudieron enfrentar cosas que aquí no podían.
Que resolvieron situaciones.
Que cambiaron su vida.
Sol se cruzó de brazos.
—No puedes confiar en cualquier video.
—No confío en los videos —respondió Lia—.
Confío en lo que me pasó.
En lo que nos pasó.
Noah respiró hondo.
—Si es cierto que los sueños pueden influir en la vida real…
y si ese lugar existe…
entonces podríamos cambiar más que nosotros mismos.
Paul asintió lentamente.
—Y ahí está lo heavy: si podemos cambiar cosas…
otras cosas pueden querer detenernos.
El aire pareció tensarse alrededor del grupo.
Kora se inclinó hacia adelante.
—Ya nos vieron.
Ya nos ubicaron.
No recuperaremos la normalidad.
Así que la pregunta no es si vamos a entrar…
La pregunta es cuándo.
Lia la miró a los ojos.
—Esta noche.
No lo dijo con valentía ni con desafío.
Lo dijo como alguien que ya tomó una decisión inevitable.
Noah entrelazó los dedos, tratando de controlar un leve temblor.
—¿Cómo lo haremos?
Paul levantó su teléfono y deslizó la pantalla.
—Hay un método que se repite. Todos los brujos lo explican con la misma estructura. No es un ritual físico, es una técnica: respiración, visualización, enfoque, sincronía entre pensamientos y… un punto de quiebre al entrar en sueño profundo.
Sol lo observó con atención.
—¿Y qué pasa después?
Paul guardó lentamente el teléfono.
—Después… nos encontramos allá.
Kora cerró los ojos un momento, como si confirmara algo interno.
—Si entramos juntos…
no estaremos a merced de lo que vive allí.
Lia sintió un estremecimiento.
No de miedo.
De reconocimiento.
Como si el sueño no hubiera terminado, sino apenas empezado a abrirse.
A lo lejos, detrás del edificio principal, un reflejo se movió en dirección contraria a la luz.
Nadie lo notó.
Pero algo sí los notó a ellos.
Y esperó.
La habitación estaba casi a oscuras, apenas definida por el brillo tenue que se colaba desde la ventana. No había objetos rituales, ni adornos extraños, ni nada que pudiera confundirse con superstición teatral. Solo cinco jóvenes sentados en círculo en el suelo, con la respiración contenida y las manos entrelazadas como si ese contacto fuese lo único que los anclaba al mundo conocido.
Kora había pedido la reunión con una insistencia que no le era propia. Desde hacía semanas discutían la teoría, investigaban a escondidas, revisaban foros, videos, testimonios de gente que afirmaba haber manipulado sus sueños hasta el punto de alterar recuerdos, emociones, decisiones. Pero nunca habían intentado cruzar juntas. Nunca se lo habían tomado en serio.
Hasta esa noche.
Nadie preguntó qué la había llevado al límite, porque todos lo veían en su rostro: algo en su vida se había torcido de manera urgente, algo que escapaba a lo que podía resolver despierta.
El círculo se cerró en silencio.
—Respiren conmigo —murmuró Kora, casi sin voz.
Lo obedecieron sin discutir. Inspiraron lento, más lento de lo que resultaba natural, sosteniendo el aire como si el tiempo se hubiese detenido dentro del pecho. Luego lo dejaron ir, despacio, sincronizados por una intuición que parecía guiarlos desde un lugar profundo.
A medida que repetían el ciclo, el cuerpo fue perdiendo peso. No era sueño, ni mareo; era una separación paulatina, como si algo interno se despeñara hacia otra capa de la realidad. Lia sintió primero la tibieza que ascendía por sus brazos, avanzando desde las manos que sostenían las de Paul y Noah. Un pulso suave. Una corriente ligera.
Noah percibió la misma vibración, pero más intensa, como un zumbido leve en el pecho que no provenía de su corazón. Paul trató de mantener los ojos cerrados, aunque comenzaba a sentir la habitación expandirse, como si las paredes respiraran con ellos.
El aire adquirió una densidad distinta. No se movía, pero parecía moldearse alrededor del grupo. Los límites de la habitación se volvieron imprecisos, no por oscuridad, sino por una sensación de desarraigo, como si cada exhalación arrancara un fragmento de su conciencia del lugar físico.
—Sigan —dijo Kora, y su voz sonó distante, como si viniera desde dos lugares al mismo tiempo.
Otra exhalación compartida.
Y el desprendimiento ocurrió.
No hubo sobresalto, ni salto, ni caída. La transición fue tan delicada que, por un instante, no supieron si seguían sentados en el suelo o suspendidos en algún punto sin coordenadas. Abrieron los ojos.
El espacio no era un sueño común.
Era una versión desfasada del mundo real: un reflejo del dormitorio de Lia, pero translúcido, extendido, como si cada superficie fuese una membrana hecha de pensamientos más que de materia. Las formas oscilaban ligeramente, no como humo ni como niebla, sino como si estuvieran vivas, en un estado inacabado, moldeándose a la presencia del grupo.
Estaban todos ahí.
Conscientes.
Despiertos en un lugar que no pertenecía a la vigilia.
—Esto… —murmuró Noah, tocando la pared que parecía doblarse bajo su mano sin romperse— …esto responde a nosotros.
Lia avanzó un paso y el suelo cambió de textura. No sonó nada, pero la superficie se acomodó, reconociendo su intención. Paul observó cómo el aire se iluminaba brevemente alrededor del movimiento, como si la dimensión reaccionara con una sensibilidad propia.
Ese mundo no era un delirio colectivo.
Era un plano contiguo, maleable y atento.
Y, en algún punto de esa realidad fluctuante, algo se alteró.
No apareció ninguna sombra, ni figura, ni presencia hostil.
Tampoco hubo aviso, ni presagio, ni grietas abiertas en el vacío.
Lo que emergió fue un cambio, una variación sutil en la estructura del sueño: una ondulación en el espacio, casi imperceptible, pero evidente para quienes estaban allí. Un temblor silencioso en la textura misma del lugar, como si una fuerza externa hubiera rozado la superficie de esa dimensión sin mostrarse.
El grupo lo sintió al mismo tiempo.
Una sacudida leve, un tirón magnético, una breve alteración que no habían provocado.
Kora inhaló bruscamente.
Algo en ese vibrar respondía a lo que ella había venido a buscar.
El mundo onírico se plegó alrededor de esa emoción, creando un camino borroso que parecía nacer de su urgencia. No era una visión ni un símbolo. Era un punto de entrada. Una dirección.
—Eso… va hacia lo que necesitás —dijo Lia sin saber cómo lo sabía.
No era una advertencia ni un peligro.
Era la primera reacción del sueño a su presencia conjunta.
La señal de que, por primera vez, podían intervenir en la realidad desde adentro.
Y fue así como comenzó el verdadero viaje:
no con monstruos ni amenazas,
sino con una alteración suave en un mundo que no debería haber respondido.
Un cambio que los esperaba.
Tras el éxito improbable de modificar la nota universitaria —ese instante imposible en el que los cuatro, unidos en un sueño compartido, atravesaron la memoria informática de la facultad y reescribieron el registro como si fuera un pergamino vivo— el grupo quedó en silencio durante días. No por miedo, sino por la magnitud.
Si una nota podía cambiarse… ¿qué más estaba hecho del mismo material maleable?
Fue Noah quien, sin querer, dio el siguiente paso. Él mantenía un silencio cuidadoso cada vez que el resto mencionaba “el nuevo experimento”. Hasta que una tarde, en el pequeño departamento que usaban como base, soltó lo que venía guardando:
—Mi hermano. —Su voz tembló apenas—. Desde el accidente, no reconoce a mi mamá. Es como si ese pedazo… ese vínculo, se le hubiese borrado.
El grupo sabía del accidente. Sabían del coma breve. Lo que no sabían era del síntoma que persistía: un agujero emocional, una desconexión imposible de diagnosticar, que ningún neurólogo había podido explicar. No era amnesia total. No era trauma directo. Era como si la línea afectiva entre él y su madre hubiese sido cortada con precisión quirúrgica.
Los cuatro lo entendieron al instante: no querían cambiar un hecho físico. Querían restituir un lazo.
Algo más profundo, más delicado, más humano.
Entre los materiales esotéricos que el grupo había estudiado, había un documento que siempre pasaba desapercibido: La Hipótesis de los Hilos Afectivos, atribuida a un antropólogo olvidado que mezclaba neurobiología con tradiciones chamánicas del altiplano.
La teoría decía que las relaciones cercanas generan estructuras de memoria que no son solo neurológicas: son capas simbólico-emocionales, almacenadas en un plano que solo podía accederse en estados alterados de conciencia.
Muchos lo llamaban superstición.
Otros, “arqueología emocional”.
El grupo ahora sabía que podían entrar en lugares que no eran exactamente sueños ni recuerdos.
Así nació el segundo experimento: restaurar el hilo afectivo perdido del hermano de Noah.
Para lograrlo diseñaron un protocolo más preciso que la primera vez:
1. Inducción conjunta mediante respiración sincrónica y estimulación sensorial mínima.
2. Punto de anclaje emocional: un objeto del hermano —una medalla rota del colegio donde él y la madre se habían reído por última vez juntos—.
3. Descenso guiado: no a un archivo informático como la primera vez, sino a un espacio simbólico compuesto, donde las memorias afectivas toman forma.
Se suponía que este “espacio” era inestable, hecho de imágenes mezcladas, emociones en forma de luz, fragmentos que se ordenaban según la intención del visitante. Muchos rituales chamánicos lo llamaban “El Patio de Abajo”: el lugar donde viven los recuerdos que todavía no saben si quedarse o irse.
El grupo nunca había estado ahí… pero esa noche entraron.
El sueño compartido se transformó en un corredor orgánico, hecho de respiraciones ajenas y colores suspendidos. A medida que avanzaban, lo que parecía niebla se convertía en escenas incompletas del hermano: un cumpleaños sin rostro, un abrazo sin peso, una carcajada que no sonaba. Todo estaba desarmado.
Como un rompecabezas sin borde.
Hasta que encontraron el hilo. Literal. Un filamento tenue, plateado, vibrando despacio, conectando dos puntos en la oscuridad. Uno representaba al hermano. El otro… debería haber sido la madre. Pero estaba cortado. No roto.
Cortado. Con intención.
Como si algo —o alguien— hubiese intervenido.
Pero el grupo aún no lo entendió así. No lo interpretaron como amenaza. No todavía.
Se concentraron en lo que habían ido a hacer: reunir los fragmentos, recordarle a ese hilo qué forma tenía, permitir que el afecto —ese afecto genuino de infancia— volviera a tejerse en el plano emocional.
Usaron las memorias que Noah les compartió: la voz de la madre cantando, la sonrisa del hermano de pequeño, el olor a pan recién hecho en las mañanas del invierno.
Y el hilo respondió.
Se iluminó.
Se tejió.
Y cuando despertaron, Noah recibió el mensaje que ninguno esperaba tan rápido:
“Mamá… tuve un sueño raro. Creo que te extraño.”
La noticia sobre el mensaje del hermano de Noah no trajo alivio inmediato. Al contrario: dejó una vibración extraña en el aire del departamento, como si lo que habían tocado no solo se hubiera reparado… sino que también hubiera respondido.
Esa noche, cuando se reunieron de nuevo, todos evitaron mencionar en voz alta la misma sospecha:
el hilo no estaba roto por accidente.
Lia fue quien primero sintió la presión.
Apenas se sentó sobre el colchón extendido en el centro de la sala, un chasquido imperceptible cruzó la habitación. No venía de la madera, ni del viento. Era algo más parecido a un latido dentro de las paredes, un pulso que reconocía su presencia.
—¿Lo escucharon? —dijo en voz baja.
Nadie respondió, pero cuatro miradas preocupadas confirmaron que sí.
El sueño se había vuelto un territorio… y el territorio los estaba esperando.
Kora tomó la palabra, con una expresión que no solía verse en ella: una mezcla de miedo y convicción.
—No podemos seguir entrando sin entender la estructura completa. Lo del hilo… no fue solo una reparación. Fue una intervención. Y si hay algo cortando vínculos… también puede empezar a cortarnos a nosotros.
Paul frunció el ceño, inquieto.
—¿Cortar qué? ¿La memoria? ¿La identidad?
—No solo eso —agregó Sol, abrazando sus propios brazos—. También podría cortarnos la salida.
Dejarnos atrapados en un fragmento simbólico sin regreso.
La habitación quedó en silencio.
Hasta que Noah habló, casi sin darse cuenta:
—Anoche… volví a caminar dormido.
Los demás lo miraron de inmediato.
—No llegué lejos —continuó—. Pero cuando abrí los ojos estaba frente al espejo del baño, y había algo escrito en el vapor. No era mío.
Paul tragó saliva.
—¿Qué decía?
Noah levantó la vista. Sus pupilas temblaban apenas.
—“No regresen.”
Solo eso.
La frase cayó como una sombra helada entre ellos.
Lia entrecerró los ojos, recordando la entidad inconsistente del primer sueño, esa figura que parecía ensamblarse y desarmarse como si nunca terminara de decidir qué forma adoptar.
—Está advirtiendo —murmuró—. O amenazando.
Sol negó lentamente.
—No hay diferencia.
Kora respiró hondo, como si se preparara para admitir algo que llevaba ocultando horas.
—Hay algo más —dijo—. Revisé mis cuadernos. Los sueños recurrentes que tengo desde niña… comparten patrones con ese lugar al que entramos. No solo es un territorio.
Es un estrato.
Un nivel de un plano más grande.
Paul se incorporó, súbitamente alerta.
—¿Un nivel… inferior?
—No. —Kora alzó la mirada con una calma que helaba—.
Un nivel intermedio.
Ese detalle los descolocó por completo.
—¿Intermedio entre qué? —preguntó Sol.
Kora bajó lentamente la vista, como si temiera nombrarlo, como si decirlo en voz alta pudiera atraer algo de inmediato.
—Entre los sueños humanos…
y lo que sueña lo que no es humano.
El aire se volvió más denso, más pesado, más cercano a aquel plano fluctuante donde habían estado.
Noah, con la voz casi quebrada, preguntó:
—¿Y a cuál de esos niveles pertenece la entidad que vio Lia?
Kora tardó unos segundos.
Parecía medir cada palabra para no provocar al propio ecosistema invisible que empezaba a rodearlos.
—No pertenece a los nuestros —dijo por fin—.
Ni a los de más abajo.
Lia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Entonces… qué es?
Kora cerró los ojos.
—Una cosa que vive entre los niveles.
Donde no debería haber nada.
Un habitante del borde.
Un Observador.
Noah retrocedió un paso.
—¿Observador… de qué?
Kora levantó lentamente la mirada hacia ellos, con una expresión que jamás habían visto en ella.
—De quienes atraviesan las capas.
El silencio fue absoluto.
Lia sintió cómo su respiración se agitaba.
Porque la entidad que vio… no estaba simplemente mirándolo.
Estaba esperándolo.
Paul apretó los puños.
—Entonces tenemos que mapear ese plano. Crear un sistema. Si podemos reconocer dónde estamos cuando entramos… podemos evitar cruzarnos con él.
Sol negó, grave.
—No estoy segura de que eso sea posible.
Si vive en los bordes… significa que nos observa antes incluso de que lleguemos.
Ninguno lo dijo, pero lo intuyeron al mismo tiempo:
Ya no eran ellos quienes buscaban al sueño.
El sueño los estaba rastreando.
Finalmente Noah habló, temblando apenas:
—Y si no quiere que regresemos…
es porque hay algo ahí que no deberíamos ver.
Lia sintió el tirón.
Ese mismo tirón suave, magnético, ondulante… idéntico al del primer cruce.
Pero esta vez no venía del sueño.
Venía del mundo real.
Un parpadeo. Una vibración en la luz de la lámpara. Un temblor en el piso.
Como si dos planos hubieran rozado la superficie de la sala.
Algo estaba probando un acceso.
Kora lo sintió al mismo tiempo.
—Chicos —susurró—…
creo que ya empezó sin nosotras.
Y entonces, por primera vez desde que esto comenzó…
una sombra cruzó la habitación sin pertenecer a ninguno de ellos.
No tenía forma.
Ni contorno.
Ni dirección.
Solo existía por un segundo, como un parpadeo en la textura del aire.
Pero fue suficiente.
Lia lo reconoció al instante.
Era el mismo “pliegue” que lo despertó en el prólogo.
Y esta vez…
no se desvaneció por completo.
Se detuvo.
Giró.
Como si tomara conciencia de que, ahora, ellos lo estaban viendo también.
El tránsito hacia el sueño no fue un descenso: fue un arranque violento, como si su conciencia hubiese sido arrancada de raíz y empujada hacia un territorio que no le pertenecía.
No había caída.
No había transición.
Un instante estaba en su cama, y al siguiente, su cuerpo ya estaba allí.
El espacio que lo rodeaba parecía un bosque, pero no obedecía a ninguna forma natural. Los troncos se levantaban con torsiones imposibles, como si hubiesen crecido bajo una lógica ajena a la humanidad. Algunas ramas temblaban sin viento, y otras palpitaban con un ritmo inquietante, casi orgánico. El cielo estaba cubierto por una masa oscura, sin estrellas, como un firmamento devorado por algo que prefería no mostrar su rostro.
El suelo vibraba bajo sus pies. No era temblor: era una especie de respiración profunda, lenta, que subía desde el subsuelo como si algo enorme despertara muy por debajo.
En medio de esa deformación natural se abría un círculo de tierra negra.
No había fuego, pero la tierra emitía un calor débil, constante, como si se hubiera diseñado desde adentro.
Allí estaban grabados símbolos que ya había visto en sueños anteriores, pero nunca tan definidos: espirales rotas, líneas verticales entrecruzadas, figuras que parecían animales, o personas, o ambas cosas deformadas en un solo cuerpo.
Una figura se alzó desde el borde del círculo. Surgió como si fuera parte del terreno, elevándose con una lentitud enfermiza. Su túnica estaba cubierta por manchas oscuras, secas, y su capucha no dejaba ver ningún rostro, solo una profundidad sin luz.
En sus manos sostenía un recipiente tallado en piedra, irregular, pesado, y lleno de una sustancia espesa que se movía con una inquietud propia, como si quisiera salirse.
—Hemos esperado demasiado tiempo.
La voz no provenía de su boca —si es que tenía una—.
El sonido parecía aparecer directamente en la mente, con una nitidez desagradable, como si la hubiese escuchado desde adentro.
El líquido del cuenco se elevó en forma de hilos oscuros, torcidos, como columnas de humo sólido. Cada hilo formaba figuras que se abrían y cerraban, mostrando fragmentos de algo que no debía tener forma. Una de esas formas se lanzó hacia su pecho y atravesó su piel sin resistencia.
El dolor no fue físico. Fue una ruptura interior, un quiebre de algo profundo.
Una puerta se abrió dentro de él —una puerta que nadie debía tener—.
Y entonces lo vio.
El Cazador.
Alto, delgado, imposible de medir. Su cuerpo era una amalgama de sombras densas que parecían contener una estructura interna que nunca lograba enfocarse. Caminaba sin tocar el suelo, pero cada paso dejaba marcas de ceniza que ardían unos segundos antes de desaparecer.
Sus ojos… no eran ojos. Eran pozos que mostraban un fragmento de un abismo más amplio que el cielo.
Se detuvo frente a él.
Levantó una mano larga y huesuda, y trazó un círculo en el aire. La marca quedó flotando, temblando, como una herida abierta en la realidad.
—Cuando despiertes, vendré por lo que ya me pertenece.
El círculo ardió con un resplandor enfermizo y luego se extinguió.
El Cazador se desvaneció, sin transición, como borrado por un pensamiento ajeno.
El bosque entero se convulsionó.
Los símbolos ardieron.
Y comprendió que no estaba presenciando un ritual…
Estaba siendo integrado en él.
El círculo ardiente bajo sus pies comenzó a contraerse, como si el suelo quisiera cerrarse sobre él. La tierra negra se movía con una lentitud antinatural, formando grietas finas que parecían extenderse siguiendo un patrón deliberado. Cada fisura brillaba con un tono rojizo, casi metálico, como si algo hirviera bajo la superficie.
La figura encapuchada no se movió ni un centímetro. Su presencia era fija, inamovible, como un tótem dedicado a fuerzas antiguas que jamás cambiaban de postura.
El cuenco que sostenía empezó a llenarse, aunque nada lo alimentaba. El líquido surgía desde el fondo, espeso, con reflejos aceitosos que mostraban imágenes incomprensibles: ciudades derrumbadas, cielos devorados por sombras, criaturas alineadas en formación, esperando una orden.
—Tu despertar marcará el inicio del desajuste.
La voz se clavó en él como un pensamiento impuesto, contundente, sin lugar a réplica.
Sintió que algo dentro de su pecho —la puerta recién abierta— vibraba. No era miedo. Era una especie de llamado, una respuesta involuntaria, como si su cuerpo hubiese recordado una obligación que nunca debió existir.
Entonces ocurrió.
Desde los árboles distorsionados comenzaron a descender formas humanoides, no caminando: cayendo, como si fueran gotas pesadas de un líquido oscuro que adopté forma apenas tocaban el suelo. Cada una se levantaba con movimientos erráticos, huesudos, torcidos. No tenían rostros definidos, pero sus superficies parecían estar cubiertas con marcas rituales que ardían tenuemente.
Se colocaron alrededor del círculo, formando un perímetro exacto, como cuerpos obedeciendo una coreografía que existía desde antes del tiempo humano.
Sus manos —si podían llamarse así— empezaron a elevarse.
Las extremidades eran finas, demasiadas articulaciones, demasiado largas.
Al levantarse, el aire alrededor del círculo se volvió más oscuro y pesado, como si presionara el interior de sus pulmones.
La figura principal levantó el cuenco por encima de su cabeza.
El líquido reaccionó.
Ascendió en vertical, como una columna que se estiraba hacia el cielo negro. En su interior se agitaban formas que no podían sostenerse en un plano lógico: estructuras que parecían edificios, luego animales, luego símbolos que se deformaban, se retorcían, se mezclaban sin un orden comprensible.
—El Cazador no es el único que ha tomado interés en ti.
Esa frase lo paralizó.
No por el contenido, sino por la certeza innegable que la acompañaba.
Algo más estaba allí.
No en el bosque.
No en el círculo.
En él.
Sintió un movimiento dentro de su mente, como una presencia que intentaba desplazarse para ocupar más espacio del que le correspondía. No encontró dolor, pero sí una presión enorme, como si una entidad tratara de abrirse paso empujando sus pensamientos hacia los bordes.
Los humanoides cayeron de rodillas al unísono.
El cielo, antes devorado, mostró una grieta fina, vertical, que atravesó la oscuridad como un corte hecho por una garra gigantesca. De esa grieta emanó una luz pálida, enfermiza, que no iluminaba: solo revelaba formas que siempre habían estado allí y que ahora emergían como sombras invertidas.
La figura encapuchada bajó el cuenco y lo apuntó directamente hacia él.
—Acepta o destrúyete.
La columna oscura descendió hacia su pecho con violencia, buscando la puerta abierta dentro de su ser.
Y, por primera vez, sintió que podía elegir.
Una fuerza desconocida, áspera, profunda, comenzó a tomar forma en su interior, como si despertara un instinto antiguo, enterrado por generaciones.
El círculo comenzó a temblar.
Las figuras se levantaron.
El cielo se abrió un poco más.
Y él dio un paso hacia adelante.
El paso que dio hacia adelante no fue simple movimiento.
El círculo reaccionó como si hubiese reconocido una señal que esperaba desde hacía siglos. La tierra negra se elevó en filamentos delgados que se enredaron alrededor de sus tobillos, no para atraparlo, sino para probarlo, como si quisieran confirmar su consistencia, su valía, su resistencia.
La figura encapuchada inclinó apenas la cabeza, un gesto sutil, imposible de interpretar.
El cuenco vibró entre sus manos, como si la sustancia contenida en él celebrara la decisión tomada.
El cielo rasgado brilló con un resplandor enfermizo.
Desde la grieta descendieron formas triangulares, enormes, transparentes, que parecían estar hechas de un material similar al cristal pero vivo, pulsante. Se desplazaban lentamente, rotando sobre su propio eje, dejando una estela de líneas temblorosas que se desintegraban al tocar el suelo. No emitían luz. No producían sonido. Pero su presencia alteraba todo lo que rodeaban: el aire se volvía más espeso, las sombras se alargaban, y el suelo parecía hundirse ligeramente bajo su peso inexistente.
Los individuos deformes que rodeaban el círculo estiraron sus extremidades hacia esas formas, como si fueran heraldos de algo superior. Sus marcadas pieles brillaban con un tono rojizo cada vez más intenso, como si alcanzaran un estado ritual completo.
Entonces la columna oscura lo golpeó.
Fue directo a su pecho, justo al lugar donde la entidad anterior le había abierto una puerta.
El impacto no lo derribó: lo unió con una fuerza brutal.
Sintió el líquido espeso fluir por su interior, recorriendo caminos que no conocía, expandiéndose por sus venas con una sensación fría, profunda, que le arrancó un jadeo involuntario.
Pero no había dolor.
Solo una transformación silenciosa, inevitable.
Su visión cambió.
El bosque deformado se volvió más nítido.
Los troncos torcidos ya no parecían árboles; se asemejaban a cuerpos petrificados, antiguos, atrapados en un estado intermedio entre vida y materia.
El cielo oscuro era en realidad una superficie sólida, inmensa, suspendida sobre el mundo como un techo que contenía algo gigantesco que se movía detrás de ella.
Y las figuras triangulares…
Ya podía verlas por dentro.
Había rostros.
Seis por cada cara.
Todos distintos.
Todos mirando en direcciones que no coincidían con ningún espacio real.
Eran observadores.
Jueces.
O tal vez algo peor.
La figura encapuchada avanzó hacia él.
Cada paso era lento, casi solemne.
—Ahora puedes verlos. Solo aquellos marcados por la grieta los perciben. A partir de este instante, lo que te observa ya no podrá ignorarte.
Su corazón latió con una intensidad brutal.
No era miedo exactamente… era un instinto primitivo, un temblor interno que reconocía que algo descomunal estaba a punto de cruzar a través de él.
—¿Qué… quieren de mí? —preguntó, o creyó preguntar.
Su voz sonó diferente, como si surgiera desde un sitio más profundo de su ser.
La figura levantó el cuenco, ahora casi vacío.
—Serás un puente. Un canal. Una grieta con forma humana.
Las formas triangulares comenzaron a descender aún más.
Las criaturas del círculo se inclinaron hacia adelante, como si aguardaran un desenlace inevitable.
El cielo se abrió un poco más.
La luz pálida cayó directamente sobre él.
Sintió que su mente se expandía, como si una fuerza inmensa empujara sus pensamientos hacia afuera, obligándolo a ver más de lo que debía.
Vio ciudades sin nombre, rituales ejecutados por manos que no eran humanas, enormes estructuras que respiraban, mares de sombras que albergaban miles de ojos.
Y en todos esos lugares…
Había algo esperando su llegada.
—Acepta la conexión… o ciérrala para siempre. Pero decídete ahora.
La grieta vibró con violencia.
El bosque tembló.
Las criaturas aguardaron.
Y su interior ardió con una fuerza que jamás había sentido...Para continuar con la novela puedes reservar un ejemplar para antes de su nacimiento en el mes de Marzo.
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Capítulos[]
- El Llamado del Primer Sueño 👑
- Círculos Ocultos en la Red
- El Pacto de Medianoche
- Puertas que No Debían Abrirse
- Los Observadores del Abismo
- Despertar entre Dos Mundos
- La Rebelión de los Soñadores
- El Rostro de la Legión
- Almas por dinero y fama
- Despedazados
- brujos, chamanes y santeros
- la guerra de los sueños
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Publicación[]
Dreamlike” Es una novela publicada el ____ del 2026 por la editorial Vibras y está disponible en una variedad de formatos para satisfacer las preferencias de todos los lectores, incluyendo E-book, audio y papel de --- páginas, La novela ha trascendido fronteras, con traducciones a 25 idiomas, lo que refleja su alcance global y permite a una audiencia internacional experimentar este viaje a través del terror psicológico, todo bajo la pluma del autor Marcos Orowitz.