Ilustración de Felicitas Kuhn
De wilde Mann (Trad: El hombre salvaje) es un cuento popular alemán recopilado por los hermanos Grimm que escucharon de un miembro de la familia von Haxthausen y que incluyeron en el segundo volumen de la primera edición de Cuentos de niños y del hogar, publicado en 1815.
A partir de la sexta edición, publicada en 1850, los hermanos Grimm rebautizaron al cuento como Der Eisenhans (Trad: Juan de Hierro), e incluyeron una serie de severas alteraciones a la historia.
Antecedentes[]
En Las noches entretenidas de Gianfrancesco Straparola ya aparecía un cuento, tituluado Guerrino y el hombre salvaje, protagonizado por un príncipe que tras liberar a un hombre salvaje que su padre había capturado es expulsado del reino. El autor francés Jean de Mailly publico se propia versión del cuento de Straparola, titulada El príncipe Guerrino
Sinopsis[]
Versión de 1815: De wilde Mann[]
En el segundo volumen de la primera edición de Cuentos de niños y del hogar, publicado en 1815, el cuento aparece bajo el título De wilde Mann (Trad: El hombre salvaje) y presenta una historia un poco distinta a la que se cuenta en posteriores ediciones:
Un hombre salvaje que se encuentra bajo un hechizo arrasa los campos de cultivo de los campesinos, que se quejan a su señor, que publica un bando anunciando que quién lo capturase sería recompensado. Un viejo cazador al enterarse del bando coge tres botellas, una de brandy, otra de vino y otra de cerveza, y las lleva al río dónde sabe que el hombre salvaje va con frecuencia. El cazador se esconde tras dejar a la vista las tres botellas, y al rato aparece el hombre salvaje, que tras beber el contenido de las tres botellas se echa a dormir, momento que el cazador aprovecha para atarle de pies y manos. Una vez atado el cazador le despierta y le promete que si se va con él podrá beber más líquidos como los que contenían las tres botellas.
El hombre salvaje se va con el cazador, que lo lleva al castillo del señor de esas tierras, que lo encierra en una jaula para enseñárselo a sus invitados. Un día uno de los hijos del noble que está jugando a la pelota cerca de la jaula del hombre salvaje se le cae la pelota en la jaula. El niño le pide al hombre salvaje que le devuelva su pelota, y el hombre salvaje le responde que solo se la devolverá si le saca de la jaula. El niño le responde que no puede hacer porque no tiene la llave, a lo que el hombre salvaje contesta que se la coja del bolsillo a su madre. El niño así lo hace, y en cuanto el hombre salvaje sale de la jaula el niño le pide que se lo lleve con él, pues si se queda su familia, en cuanto se entere de lo que ha hecho, le darán una paliza. El hombre salvaje se lleva al niño al bosque, y pasado un tiempo cuando el niño ya había crecido le vistió con toscos ropajes y le mando a la corte del emperador a pedir trabajo como jardinero. El muchacho fue contratado, pero por culpa de su aspecto sucio y harapiento no le dejaron dormir con los otros sirvientes.
La hija del emperador se fija en el muchacho que trabaja en los jardines y tres veces ordena que suba a sus aposentos a traerla un ramo de flores. La primera vez que se las trae le regalo un gallo, la segunda un pato y la tercera una oca, todos ellos rellenos de ducados, y las tres aves se las entrega el muchacho al jardinero. El muchacho y la hija del emperador terminan por casarse en secreto, y el emperador en cuanto se entera monta en cólera. La princesa se ve obligada a trabajar en una cervecería para ganarse la vida, y ella y su marido son tan pobres que para comer carne el muchacho tiene que robarla de las cocinas de palacio. Al poco tiempo estalla la guerra en Inglaterra y el emperador manda allí sus tropas. El muchacho, que también quiere luchar, pide un caballo para ir él también, pero le dan uno cojo, que en cuánto lo monta se derrumba. El muchacho va entonces a pedir ayuda al hombre salvaje, quién abre una montaña, en cuyo interior el muchacho encuentra lujosos ropajes y un ejército que el joven lidera. Gracias a la intervención del joven, que el emperador no reconoce como su yerno de lo elegantemente vestido que va, ganan la batalla, y cuando el emperador le pregunta quién es, el joven le responde que no puede decirlo. El muchacho y sus ejército vuelven a la montaña del hombre salvaje, y el joven regresa a casa vestido con harapos a lomos del caballo cojo. Al volver la gente se burla de él, preguntando si se ha pasado el día entero durmiendo detrás de los arbustos mientras que el emperador luchaba, a lo que el joven responde que de no ser por él el emperador no hubiera ganado la batalla. La gente le dice al joven que vigile lo que dice, pues no se creen lo que acaba de decir.
Dos veces más el joven asiste al emperador en la batalla y gracias a él ganan, y cualquier intento del emperador de descubrir la identidad del joven es en vano. La tercera vez el joven es herido en el brazo, y cuando la gente se burla de nuevo de él al volver y el joven les responde diciendo que de no haber sido por él no hubieran ganado la batalla, esta vez el emperador está presente, y en cuanto oye lo que dice le quiere dar al joven una paliza. Pero antes de dársela el joven le pide al rey que le deje demostrar que lo que dice es cierto, y en cuanto el rey ve la herida que su yerno tiene en el brazo se da cuenta de que el caballero misterioso y él son la misma persona, y le pide perdón a su yerno por lo mal que le ha tratado, regalandolo un reino entero como muestra de agradecimiento. En ese momento el hechizo bajo el que se encuentra el hombre salvaje se rompe, éste se convierte en un rey, y la montaña en un castillo al que el joven y su esposa se van a vivir.
Versión de 1850: Der Eisenhans[]
Un rey vive cerca de un bosque, y un día manda al bosque a uno de los cazadores, pero el cazador no regresa. El rey manda a otros dos hombres a buscarle, pero ellos tampoco regresan. Finalmente el rey reúne a todos sus nombres y les ordena que registren todas las hectáreas del bosque hasta que den con los cazadores desaparecidos, pero todos los hombres, juntos con los perros de caza, desaparecen también. A partir de entonces nadie se atreve a internarse en el bosque, hasta que un día el rey contrata a un nuevo cazador que se atreve a internarse en el bosque. A pesar de las dudas del rey, el cazador consigue convencerle para que le deje ir. En el bosque el perro del cazador sigue un rastro que los conduce hasta un lago, del que surge un brazo que arrastra al perro al fondo. Tras presenciar aquello el cazador se marcha y regresa cn tres hombres, con los que vacía el lago. Al fondo de este encuentran a un hombre salvaje, con la piel de color marrón como el hierro oxidado, al que capturan y llevan a palacio. El rey ordeno que lo encerraran en una jaula y prohibió bajo pena de muerte que cualquiera la abriera. Las llaves de la jaula se las confío a la mismísima reina. Pero resulta que el rey tenía un hijo de ocho años, que un día que estaba jugando en el patio su pelota de oro cayo dentro de la jaula del hombre salvaje. El príncipe le pide al hombre salvaje que le devuelva su pelota, pero el hombre salvaje se niega a devolversela, a menos que le libere. Como está prohibido el príncipe se marcha, pero vuelve al día siguiente a pedirle al hombre salvaje que le devuelva la pelota, pero el hombre salvaje se sigue negando. El tercer día, que el padre del príncipe ha salido de caza, el príncipe le dice al hombre salvaje que aunque quisiera no podría, pues no tiene las llaves, a lo que el hombre salvaje le responda que la cojá de debajo de la almohada de su madre, que ahí las tiene guardadas. Como el príncipe quiere recuperar su pelota a toda costa roba las llaves de la jaula y la abre.
El hombre salvaje sale corriendo de la jaula, pero el príncipe le pide que se lo lleve con él, pues si se queda y descubren que él es el responsable, le darán una paliza. El hombre salvaje entonces se lleva al niño corgándolo en sus hombros al bosque. Al volver el rey y encontrarse la jaula abierta y vacía, y a su hijo desaparecido, pone a todos sus hombres a buscarlo, pero ninguno da con el príncipe. Mientras el hombre salvaje se había llevado al príncipe a lo más profundo del bosque, dónde le hizo una cama con musgo para que pasara la noche, y al día siguiente le llevo a un manantial, al que ordeno que vigilase todos los días de que nada cayera en sus aguas. El príncipe se pasó el día sentado junto al manantial, pero en cierto momento metió el dedo en el agua, que le dolía desde el día anterior, cuando se lo pinchó al abrir la jaula, y cuando lo sacó el dedo se había vuelto dorado. El príncipe trató de quitarse el dorado del dedo, pero no lo consiguió, y por la tarde cuando el hombre salvaje vino a ver si había cumplido con su deber el príncipe escondió el dedo y dijo que nada importante había pasado, pero aún así el hombre salvaje sabía lo que había ocurrido, y advirtió al príncipe que por ser la primera vez lo dejaría pasar, pero a la siguiente no sería tan benévolo. Por desgracia al día siguiente un pelo del príncipe entro en contacto con el agua, y aunque el hombre salvaje le dijo que esa también la dejaría pasar, a la siguiente ya no sería el caso. El tercer día el príncipe se inclinó demasiado para contemplar su reflejo en el agua y su cabello entró en contracto con el agua. Aunque lo sacó de inmediato, para entonces el pelo ya se le había vuelto dorado del todo. Asustado de como reaccionaría el hombre salvaje el príncipe se cubrió la cabeza con un pañuelo, pero en cuanto el hombre salvaje volvió le ordeno que se descubriera la cabeza. El hombre salvaje le dijo al príncipe que había fallado la prueba, y por lo tanto tendría que marcharse y ganarse la vida por si mismo, pero si alguna vez necesitaba ayuda el príncipe solo tendría que ir al bosque y llamar a Juan de Hierro.
Ilustración de Arthur Rackham
El príncipe abandonó el bosque y caminó hasta llegar a una gran ciudad en la que se puso a buscar trabajo, pero como no había aprendido ningún oficio, en ningún sitio lo contrataban, hasta que finalmente consiguió un empleo en el palacio real como pinche en las cocinas. Un día que estaban cortos de personal el cocinero tuvo que mandar al príncipe a llevar la comida a la mesa del rey. Cuando fue el rey le ordeno que se descubriera la cabeza, pues el príncipe siempre la llevaba cubierta para mantener oculta su dorada cabellera. Como excusa para no tener que quitarse el gorro el joven respondió que tenía una fea costra en la cabeza, y el rey, asqueado, ordeno al cocinero que despidiera al joven. El cocinero no tuvo mñas remedio que hacerlo, pero como era compasivo le consguió otro trabajo en palacio como ayudante del jardinero. Un día de verano muy caluroso que el príncipe estaba trabajando, creyendo que nadie le veía, se quito el gorro, dejando su cabellera dorada al descubierto, pero la hija del rey le vio desde la ventana, y queriendo ver más de cerca la cabellera del joven le ordeno que le subiera un ramo de flores. El muchacho subió a la habitación con la cabeza cubierta, y la princesa en cuanto lo vio le ordeno que se quitara el gorro. El joven se negó, usando de nuevo la excusa de que tenía una costra, pero la princesa no le creía, y le quito el gorro ella misma. El joven quiso huir, pero la princesa le retuvo y le dio un puñado de ducados, que el joven regalo a los hijos del jardinero. Lo mismo sucedio los dos siguientes días.
Al poco tiempo estalló la guerra. Cuando el joven jardinero se enteró expresó su deseo de ir él también a luchar, pero todos se burlaron de él y solo le proporcionaron un caballo cojo. El príncipe fue con el caballo al bosque y llamó tres veces a Juan de Hierro. El hombre salvaje apareció al instante, y tras escuchar lo que el joven necesitaba trajó un caballo y una armadura para que el muchacho fuera a la batalla, además de un ejército. El joven se dirige al campo de batalla con todo lo que Juan de Hierro le ha proporcionado, y cuando llegan los ejércitos del rey ya han sido diezmados, pero gracias a la intervención del joven logran derrotar al ejército enemigo. Terminada la batalla eljoven regresa con Juan de Hierro, le devuelve su caballo y su ejército y él vuelve a palacio con el caballo cojo que le habían dado. Al volver el rey a palacio su hija le recibe y le felicita por su victoria, pero el rey le dice que la vitoria fue gracias a un misterioso caballero. Sospechando de quién podría tratarse la princesa pregunta al jardinero por su joven ayudante, pero el jardinero le dice que probablemente se pasó todo el tiempo que duró la batalla durmiendo debajo de algún arbusto. Para averiguar la identidad del misterioso caballero la princesa ordena un festival que durara tres días. Al enterarse del festival el príncipe va al bosque y le pide a Juan de Hierro caballo y armadura para poder asistir sin ser reconocido. El primer día del festival el príncipe asiste luciéndo una aramdura roja, el segundo una blanca, y el tercero una negra, y cada vez que la princesa arroja una manzana de oro él es el único que la consigue atrapar, pero antes de que puedan hablar con él el misterioso caballero se escapa. El tercer día los hombres del rey le persiguen, y aunque consigue escapar uno de ellos lográ herirlo en la pierna, y su cabello quedó al descubierto. Cuando los hombres del rey les informan a su hija y a él que el misterioso caballero tiene los cabellos de oro la princesa interroga al día siguiente al jardinero sobre su ayudante. Al oír que el joven les enseñó a los hijos del jardinero tres manazanas de oro que había ganado en el festival la princesa ordeno que el muchacho hiciera acto de presencia ante su padre y ella. El rey pregunta al joven si él es el misterioso caballero, y como prueba el joven enseña las tres mazanas y la herida en la pierna que uno de los hombres del rey le hizó. Al saber que el joven es el responsable también de que ganaran la guerra el rey le preguntó que quería como recompensa, y el joven le pidió al rey la mano de su hija. El rey se la concedió, y a la boda asistieron los padres del príncipe, además de un rey que nadie antes había visto. Aquel rey abrazó al príncipe y le reveló que él era Juan de Hierro, que había sido hechizado, pero que gracias a él el hechizo se había roto.
Galería[]
Adaptaciones[]
Ver también[]
- El rey Cabellos de Oro, cuento popular alemán recopilado por Franz Xaver von Schönwerth.
- La fuente de leche, cuento popular húngaro recopilado por Benedek Elek.