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Atrapados en el tiempo

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En "Atrapados en el Tiempo", la escalofriante obra maestra de terror psicológico de Marcos Orowitz, nos adentramos en el perturbador relato de veinte hombres confinados en un sombrío y aislado laboratorio ruso. En este lugar, lejos de cualquier esperanza, se convierten en sujetos involuntarios de experimentos inhumanos ideados por una implacable química. Su mente retorcida y ambición desmedida dan lugar a pruebas diseñadas para moldear los horrores bélicos del futuro.

El aire era denso, como si la ciudad misma hubiera decidido estrangularte. La línea entre lo normal y lo enfermizo se difuminaba con cada respiración. Y ahí estaban ellos, hombres comunes convertidos en pedazos de carne y hueso tratando de no perder la cabeza mientras un mundo que se alimenta de cuerpos y almas los engullía sin piedad.

No era solo sobrevivir. Había algo más. Algo oscuro. Algo detrás de las paredes de concreto y las oficinas con luces parpadeantes: un arma diseñada para matar, para cambiar el curso de la historia, para poner a Estados Unidos contra las cuerdas sin que nadie supiera de dónde venía el golpe.

Traiciones. Mentiras. La clase de secretos que te carcomen desde adentro. Cada escena, cada conversación, cada pequeño acto estaba impregnado de tensión, de esa sensación pegajosa que te deja el vello erizado en la nuca. Y mientras la historia avanzaba, uno empezaba a preguntarse si realmente habría salida o si solo estaba siendo arrastrado hacia un agujero negro donde la ambición humana devoraba todo a su paso.

Si eres de los que les gusta que les muerdan la garganta con una historia, que te den un puñetazo en las tripas y te obliguen a mirar los rincones más sucios de la mente humana, esto no es un libro para pasear en domingo. Esto es un viaje al infierno personal de cada uno de los personajes, un lugar donde tus peores miedos no solo existen, sino que te acechan, gritando desde la oscuridad: “Esto es lo que pasa cuando te metes con el poder, la ambición y la necesidad de sobrevivir”.

Prepárate. No hay salvación aquí. Solo la verdad cruda, brutal, y lo que queda cuando todo lo demás se ha ido: miedo, desesperación y un hambre que no se calma.

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Corrección ortográfica Traducción del francés al español Latino glob: LucasElijah and Justin Delaforte Michigan Us and Candicelife

Capítulo 1: Un buen empleo

Pagina: 6 y siguientes

Autor: Marcos Orowitz

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Nunca pensé que me terminaría viendo metido en este puto bus, con el frío calándome los huesos y la garganta seca por la ansiedad. Lejos de mi casa, de mi mujer, de mis tres hijos, y con la sensación de que la vida me había dado un pisotón en la cara. Cada vez que cerraba los ojos, aparecían ellos: sus risas, sus malditas travesuras, cómo se quedaban dormidos en el sofá viendo caricaturas, y mi promesa estúpida de que todo estaría bien. Ahora, esa promesa era un puto chiste cruel que me daba vergüenza recordar.

Yo era un tipo trabajador, un metalúrgico que le ponía el pecho a la vida. Pero los años pasan, y a los cincuenta, el mercado laboral te da la espalda como un perro que no reconoce a su dueño. Cada día que abría los ojos, me daba cuenta de que estaba más lejos de darles a mis hijos lo que necesitaban. Así que tuve que tragar orgullo y pedir ayuda. Un viejo colega de la fábrica me tiró un salvavidas: un trabajo “perfecto” en Moscú. La palabra “perfecto” era mentira, claro, pero cuando tienes hambre, te aferras a cualquier mierda que brille aunque sea un instante.

La reclutadora parecía un ángel de las oportunidades: contrato tentador, alojamiento incluido, salario suficiente para que los niños no pasaran hambre. Era mi chance, o eso me decía a mí mismo mientras la desconfianza me arañaba la nuca. Me depositaron un adelanto aceptable y pagaron mi boleto desde Canadá hasta Moscú. Primera salida del país, primera vez que me largaba al mundo sin red de seguridad. Yo, un simple empleado de fábrica, sin formación, viendo cómo los genios tecnológicos me pasaban por encima. ¿Quién demonios podía competir con eso? La necesidad era más fuerte que el miedo.

Esa mañana, mi mujer sostenía su sonrisa como podía, con nuestra hija menor abrazada a ella. Mis otros dos hijos se aferraban a mí, y yo a ellos, buscando fuerza donde apenas quedaba. Tenía que hacerlo, era mi responsabilidad. El dinero que enviara sería un respiro temporal, y luego, con suerte, encontraría otra salida, quizá un pequeño negocio de frutas y pescado en Oakridge, Alberta. Pero primero, había que sobrevivir al hielo y al extranjero.

Al aeropuerto me esperaba un tal Andrew. Tipo tranquilo, demasiado pulido, hablaba un inglés raro pero entendible. Me subí al bus con un ojo en él y otro en los hombres que ya estaban dentro. Miradas de ansiedad, sueños rotos, esperanza falsa. Un tal Tom me sonrió, contándome cómo había dejado familia atrás en busca de un futuro. Por un instante me dejé atrapar por su historia, pero los nervios no se iban.

Mientras el bus se alejaba de Moscú, los pueblos y fábricas abandonadas me recordaban mi propia derrota. El paisaje parecía un reflejo de lo que nos esperaba: frío, vacío, desolador. Pasamos horas, y el frío empezó a meterse bajo la piel. “Solo un trabajo agrícola”, me decía a mí mismo, pero el edificio tras edificio se transformaba en silos y antenas parabólicas, y el desierto de metal se hacía más real que la esperanza. “¿Qué mierda es esto?”

Al llegar, nos recibió un hombre de mirada afilada, de esas que cortan la carne. Guardias por todas partes. Las ilusiones de un trabajo decente se desvanecieron en el momento en que crucé el umbral. Tom me dio un toque en el hombro: “No te preocupes”, dijo, pero su voz temblaba como un perro asustado. Allí, la unidad era una


ilusión. Los hombres discutían, intercambiaban miradas desconfiadas. La tensión se pegaba a la piel.

El bus se detuvo de golpe, motores apagados. Sirenas lejanas, gritos. La puerta se abrió de golpe y uniformados nos arrastraron a un sótano húmedo, helado, con un olor a putrefacción que te hacía vomitar por dentro y por fuera. El suelo estaba resbaladizo y los gritos de los hombres uniformados llenaban el aire.

“Estamos jodidos”, susurré a Tom. Su abrazo me sostuvo por un segundo, mientras la realidad se rompía en mil pedazos. Y entonces, una voz: “¿Hay algún americano entre ustedes? Levante la mano”. Dos hombres lo hicieron. Pistolas apuntadas a sus cabezas. El primer disparo tronó. Mis oídos sangraban. La sangre fría de la muerte nos bañaba. Una voz femenina suplicó clemencia, y un segundo disparo silenció su ruego para siempre.

Silencio absoluto. Solo respiraciones cortadas, corazones palpitando como trenes descarrilados. La voz volvió: “¿Alguien más quiere morir?” Nadie movió un músculo. Miradas vacías. La oscuridad nos tragaba. Lo que había sido esperanza se transformó en un pozo de miedo, un abismo donde cada latido dolía y la vida parecía un lujo que jamás volveríamos a tocar.

No éramos héroes. Ni siquiera éramos supervivientes todavía. Éramos hombres normales, arrastrados por la corriente de la desesperación, con historias cargadas de fracaso, de deudas, de sueños rotos. Cada uno traía consigo un pasado como un saco lleno de piedras: mentiras, engaños, fracasos, pérdidas. Y ahora, en ese sótano helado, con el olor a putrefacción pegado a la piel, nuestras vidas parecían no valer nada.

Tom era un tipo de sonrisa fácil, de esas que uno recuerda cuando todo se está yendo al diablo. Antes trabajaba en construcción, hasta que la maldita economía lo hizo desaparecer. Su mujer y su hijo quedaban atrás, y él venía con nosotros buscando algo que ni él mismo sabía definir. Pero había en él una chispa que no se apagaba, aunque todo lo demás estuviera muerto.

Luego estaban los otros, tipos que apenas cruzaban la cuarentena de años: algunos habían crecido en barrios donde la violencia era un maestro constante, otros eran estudiantes que habían creído que el mundo les debía algo. Todos llegábamos con un mismo denominador común: la ilusión de una oportunidad. La ilusión, pensé, es la puta madre de todas las desgracias. Nos alimenta y luego nos aplasta.

Nos sentamos en silencio, dejando que el miedo hiciera su trabajo. Había miradas que hablaban más que las palabras: duda, terror, rabia contenida. Nadie confiaba en nadie. Cada gesto podía ser traición. Cada respiración, un recordatorio de que estábamos vivos, pero apenas. La muerte estaba ahí, cerca, oliendo a nuestra inseguridad.


Intenté recordar quién era yo antes de esto. Un metalúrgico promedio, un padre que creía poder sostener a su familia. Ahora me sentía como un idiota que había caído en una trampa disfrazada de oportunidad. Cada recuerdo de mis hijos me dolía como una bofetada. Me aferraba a ellos mentalmente, a sus risas, sus quejas, su caos inocente, porque el presente era demasiado cruel.

Andrew, el conductor, apareció de nuevo, como un fantasma tranquilo en medio del caos. Nadie sabía exactamente cuál era su papel, y eso nos hacía aún más vulnerables. Cada movimiento suyo nos recordaba que estábamos bajo vigilancia constante, aunque no supiéramos por quién o para qué.

La conversación surgió en murmullos, a veces cortada por el miedo. Hablábamos de trabajos pasados, de familias dejadas atrás, de momentos que creíamos felices y que ahora parecían lejanos como otra vida. En cada historia había una advertencia silenciosa: el mundo es un agujero, y nosotros caímos dentro sin red.

Me di cuenta de algo terrible: éramos carne para el molino, y todos lo sabíamos. No había héroes aquí. No había rescate. Solo un grupo de hombres y mujeres arrancados de su rutina, lanzados a un pozo de miedo donde la lealtad era frágil y la vida, efímera. Cada uno de nosotros llevaba cicatrices que ni siquiera conocíamos del todo. Y esas cicatrices empezaban a palpitar, recordándonos que nuestra existencia dependía de no mirar demasiado de cerca.

En ese sótano oscuro, comprendí algo más: no éramos “ellos”, ni “nosotros”. Éramos nada, a merced de quienes tenían el poder de decidir si vivíamos otro día o no. Y mientras esa verdad se asentaba, la sensación de que algo peor aún nos esperaba crecía, alimentando un miedo viscoso que se pegaba a la piel y a la mente, un miedo que no se podía sacar con palabras, ni con plegarias, ni con lágrimas.

Porque lo que estaba por venir no tenía nombre. No tenía reglas. Solo tenía una certeza: nada volvería a ser igual, y todos íbamos a pagar un precio por nuestra ingenuidad.

El sótano ya no olía solo a putrefacción. Olía a miedo, a rabia contenida, a locura burbujeando justo debajo de la piel. No era un olor que pudieras ignorar; se te pegaba, te penetraba, te decía que aquí abajo nadie saldría entero. Cada puerta cerrada, cada sombra en la pared, cada murmullo era un recordatorio de que estábamos atrapados.

Y entonces empezó. Primero fue un golpe seco contra la pared. Luego un grito desgarrador que partió el aire como un cuchillo oxidado. Alguien había perdido la


cabeza. Tom trató de calmarlo, pero incluso su voz sonaba débil frente a la tensión que nos rodeaba.

El caos se desató en segundos. Un hombre corrió hacia la salida, empujando a otros, gritando maldiciones en un inglés que no entendía nadie. Un guardia lo interceptó y, sin mediar palabra, lo derribó con un golpe que hizo crujir los huesos. El resto de nosotros retrocedió, pero era tarde: la locura ya se había contagiado como pólvora.

Sentí cómo la adrenalina me inundaba, y con ella un miedo tan intenso que dolía en los huesos. Todo era confusión: hombres gritando, cuerpos cayendo, la luz parpadeando sobre charcos de agua sucia que reflejaban rostros pálidos y sudorosos. No había reglas, no había justicia, solo la supervivencia cruda y primaria.

Tom se quedó a mi lado. Sus ojos eran el único ancla en medio del huracán. “¡Tenemos que salir de aquí!”, gritó. Intenté moverme, pero un guardia salió de la penumbra, golpeando a cualquiera que se interpusiera. Mis manos temblaban, mis pulmones quemaban por el aire enrarecido. La locura no estaba solo en ellos; estaba en mí, en todos nosotros.

Corrimos por un pasillo que olía a metal y miedo. Cada esquina podía ser la última. Un disparo rebotó en la pared cerca de nuestras cabezas y nos obligó a lanzarnos al suelo. Tom pateó la puerta de un almacén y entramos, respirando como si eso pudiera salvarnos de la muerte que nos seguía. Allí dentro, el silencio era falso, pesado, como una tumba. Pero al menos era temporal.

Miré a los otros hombres escondidos conmigo. Sus ojos estaban llenos de algo que ya no era humano: la locura. Algunos sollozaban, otros murmuraban cosas incomprensibles, y todos nosotros sabíamos que cada segundo contaba. No podíamos confiar en nadie, ni siquiera en nuestra propia cordura.

Entonces, un rugido bajó de las escaleras. Los guardias venían otra vez, y esta vez no buscaban advertir: buscaban matar, dispersar, sembrar terror como si fuera un juego. Tom y yo nos lanzamos contra un montacargas abandonado, tratando de bloquear el acceso, mientras sentía que mi corazón quería escapar de mi pecho.

Un segundo disparo tronó. La madera se astilló. La locura se volvió real. La sangre comenzó a mezclarse con el sudor, con el miedo, con el olor a putrefacción. Un hombre cayó a mi lado, un gemido ahogado escapó de su garganta. Miré sus ojos y entendí lo que Stephen King siempre muestra: que el terror no está en monstruos imaginarios, sino en el hombre frente a ti, y en el hecho de que no hay reglas, solo instinto.


“¡Corre!”, gritó Tom, y corrimos otra vez, zigzagueando entre columnas, subiendo escaleras, arrastrándonos por el suelo húmedo, mientras los disparos y los gritos nos perforaban los tímpanos. La locura se estaba convirtiendo en la única ley. La supervivencia, en el único código que importaba.

Y mientras corríamos, no podía dejar de pensar en mis hijos. En la promesa que les hice. En la ilusión de un “buen empleo”. Ahora todo eso parecía una broma macabra. La realidad era esta: el infierno no se veía en las películas. Se sentía, olía, se escuchaba, y te pateaba la cabeza hasta que tu cordura suplicaba clemencia.

En ese instante supe algo: no sobreviviríamos todos. Y quizás, en el fondo, eso era lo que más miedo me daba.

El sótano estaba tan oscuro que la luz de nuestras linternas apenas hacía más que dibujar sombras que parecían moverse por su cuenta. El olor era insoportable: sudor, descomposición, miedo… todo mezclado en un cóctel que te revolvía el estómago y te arrancaba la respiración.

Tom se acercó a mí, sus ojos brillando en la penumbra.

—Escucha… —susurró, con la voz quebrada—. Hay algo raro aquí. No es solo el olor, ni los disparos… hay… gente que no hemos visto.

Me quedé helado.

—¿Qué querés decir? —pregunté, bajando la voz.

—Los que nos trajeron… —dijo Tom—. No están todos. Algunos se esconden, o nos vigilan. Lo siento, pero… no es un simple secuestro ni un trabajo maldito. Esto es algo más grande.

Un golpe seco retumbó en la puerta del otro extremo del pasillo. Los dos nos tensamos.

—¡Quién anda ahí! —grité, intentando sonar más valiente de lo que me sentía.

Silencio absoluto. Luego, una voz familiar, pero distorsionada por el miedo:

—Soy yo… —dijo una voz que reconocí de inmediato—. ¡Sam!

Corrí hacia la figura, y casi me tropiezo con un cuerpo tirado en el suelo. Sam estaba pálido, temblando, y sus ojos no veían, parecía que estaba viendo algo que nosotros no podíamos.

—Dios… —balbuceó—. Ellos… ellos vienen por todos.

Antes de que pudiera responder, un sonido metálico, como cadenas arrastrándose, se escuchó detrás de nosotros. Nos giramos al mismo tiempo y vimos sombras moviéndose en las paredes, cuerpos que parecían humanos pero


no… algo en ellos estaba mal. Sus pasos eran demasiado pesados, sus movimientos demasiado silenciosos para ser normales.

—¡Corran! —grité.

Nos lanzamos por un pasillo lateral, chocando con un hombre que gritó algo incomprensible. La linterna de Tom se cayó y rodó, iluminando brevemente un cuerpo colgando del techo, con los ojos abiertos como platos, boca torcida en un grito que no acabaría jamás.

—¡Jesús…! —jadeó Sam—. ¡No… no es posible!

—Cálmate, mierda, cálmate —le dije, empujándolo—. Tenemos que movernos antes de que nos vean.

Avanzamos a ciegas, sintiendo los respiraderos llenos de humedad y olor a muerte. Y entonces lo escuchamos: un susurro, muy cerca, detrás de la pared:

—Están aquí… —dijo alguien—. No saben en qué se metieron.

Todos nos quedamos quietos. Incluso Tom, que rara vez se quedaba callado, estaba sin aliento. El susurro se acercaba, y de repente, un cuerpo cayó delante de nosotros, aplastando la linterna y rompiendo el silencio. Era un hombre que creíamos que había desaparecido hacía horas. Sus ojos eran negros, vacíos, y de su boca surgió un hilo de saliva teñida de sangre.

—¡No… podemos salir…! —gimió—. Ellos… te atrapan…

Un disparo resonó en la distancia. Todos nos lanzamos al suelo, y por un momento, pensé que iba a morir ahí mismo, aplastado por el pánico. Cuando me levanté, Tom había desaparecido, y Sam estaba arrastrándose hacia la pared, murmurando incoherencias.

—¡Tom! —grité—. ¡Maldita sea!

Y entonces la puerta del sótano se abrió de golpe. Dos figuras con uniformes negros entraron, arrastrando a otro hombre que gritaba como un demonio. La sorpresa fue que uno de ellos… sonrió. Una sonrisa humana, pero llena de una crueldad que te hace dudar de tu cordura.

—Bienvenidos al juego, chicos —dijo, su voz cortante como vidrio—. Esto apenas empieza.

Un giro inesperado: justo cuando pensé que íbamos a ser masacrados, un estruendo sacudió el techo y algo colapsó sobre los uniformados. Aprovechando el caos, Sam y yo nos lanzamos hacia la salida lateral, sin saber si sobreviviríamos un segundo más.


Mientras corríamos, una cosa quedó clara: no podíamos confiar en nadie. Ni siquiera en nosotros mismos. Lo que habíamos creído un mal sueño ahora era real, y lo peor estaba aún por llegar.

El sótano ya no olía solo a muerte… olía a locura. A algo que se estaba metiendo dentro de tu cerebro y arrancándote cada pensamiento lógico, cada recuerdo agradable. No eran sombras. No eran sonidos. Eran ellos. Los que nunca habían existido, los que solo habían estado observando, esperando a que tu cordura se quebrara para meterse dentro y quedarse.

—Escucho… voces —susurró Sam, temblando, con los ojos como platos—. ¡Me dicen cosas horribles!

—Yo también —le dije, y no era mentira—. Te dicen… que vamos a morir, que nunca saldremos de aquí… que somos carne para ellos.

Un golpe seco sacudió la puerta. Un hombre cayó del techo, colgando de una cadena rota, con la garganta abierta en un grito que duraba para siempre. La sangre le goteaba sobre mis pies, caliente y viscosa. Me arrodillé, intentando no mirar demasiado de cerca. El horror se estaba convirtiendo en rutina.

—¡Corre! —gritó Tom, emergiendo de la penumbra—. ¡Si te quedas, te matan!

Corrimos por un pasillo cubierto de charcos oscuros. Cada paso resonaba como un martillo en nuestro cráneo. Y detrás, los uniformados, o lo que fueran… ya no parecían humanos. Sus ojos brillaban como carbón encendido, y sus movimientos eran imposibles: rápidos, fluidos, precisos, como si la muerte misma los guiara.

—¡No podemos escapar! —grité mientras nos lanzábamos por una escalera de emergencia. Sam tropezó y cayó. Su grito fue como una daga en mi espalda.

—¡Levántate! —le grité, agarrándolo del brazo—. ¡Joder, levántate!

Él se levantó, pero sus ojos ya no eran los mismos. Había algo dentro de él, algo que nos estaba arrastrando hacia la locura. Murmuraba palabras que yo no entendía, pero que me quemaban la cabeza.

Y entonces los vi: cuerpos flotando en la oscuridad, girando lentamente, con los ojos abiertos y la piel gris como la ceniza. Sus bocas se abrían y cerraban, pero no salía sonido alguno. Todo el sótano parecía un ataúd gigante lleno de cadáveres vivos y susurrantes, recordándonos que estábamos muertos aunque todavía respiráramos.

—¡No…! —Sam cayó de rodillas, golpeando el suelo—. ¡Me quieren!

Antes de que pudiera reaccionar, un disparo tronó y el techo se vino abajo parcialmente. El polvo llenó nuestros pulmones. Una mano surgió de la


escombrera, agarrando a Tom por la pierna. Él gritó, un sonido que me seguirá hasta la tumba, mientras lo arrastraban hacia la oscuridad.

—¡TOM! —grité, corriendo hacia él, pero algo me empujó con fuerza. Me caí sobre un charco de sangre y vómito. El hedor era tan fuerte que pensé que iba a morir ahí mismo.

Al levantar la cabeza, vi algo que me heló la sangre: Sam estaba arrodillado, con los ojos negros, y su boca pronunciaba cosas que nunca debieron salir de un humano.

—Ellos… están en tu cabeza —dijo, señalándome—. No hay salida. Nunca la hubo.

Y entonces, justo cuando el miedo parecía imposible de superar, un golpe seco retumbó detrás de nosotros. Otra muerte. Un hombre que creíamos nuestro aliado estaba colgado del techo por los pies, con los intestinos saliendo de su abdomen y un hilo de sangre cayendo en la cara de Sam. Gritó, pero nadie escuchó. Nadie podía ayudar.

Mi corazón latía como un tambor de guerra. La locura ya no estaba solo en Sam, ni en Tom, ni siquiera en mí: estaba en todos. Estaba en el aire, en el olor, en los charcos de sangre, en los cuerpos desmembrados. Cada respiración era un recordatorio de que éramos presas, y que cada segundo que pasaba nos acercaba más a ser uno de ellos.

Y luego, un susurro: “No eres tú… eres nosotros”.

Me giré. Nadie estaba allí. Y aun así, la voz me hablaba desde dentro. Dentro de mi cabeza. Era imposible de ignorar. Cada pensamiento, cada recuerdo feliz, cada promesa a mis hijos, se convirtió en un cuchillo que me cortaba desde adentro.

—¡Tenemos que movernos! —grité, aunque la voz sonaba débil—. ¡Antes de que nos vuelvan locos!

Un instante después, la luz de nuestras linternas iluminó algo que nos paralizó: un pasillo lleno de cadáveres alineados como soldados, cada uno con un rostro que reconocía vagamente: amigos, compañeros, hombres que creíamos haber dejado atrás. Sus ojos abiertos nos miraban, pero sin vida. Sin alma.

—Esto… esto no es real —jadeó Sam.

—Sí lo es —dije, aunque quería mentirme a mí mismo—. Y si queremos salir de aquí… tendremos que matarlos… o morir intentándolo.

El suelo tembló. Otro disparo resonó. Y algo salió de la oscuridad, corriendo hacia nosotros, con una velocidad y precisión que ningún humano podía tener. El terror nos envolvió completamente, y en ese momento comprendí la verdad más horrible de todas: ellos estaban en nuestra cabeza, en nuestro cuerpo, en nuestra alma… y nadie saldría de allí intacto ..."Si el libro es de tu interés puedes hacer tu pedido"


Capítulos

  • Capítulo 1: Un buen empleo 👈
  • Capítulo 2: Quienes éramos
  • Capítulo 3: Locura
  • Capítulo 4: Olor a muerte
  • Capítulo 5: Ellos están en tu cabeza
  • Capítulo 6: Sobrevivir
  • Capítulo 7: El castigo
  • Capítulo 8: Atemporal
  • Capítulo 9: Se acaba el invierno
  • Capítulo 10: No saldré de aquí jamás

Atrapados en el tiempo” fue publicada el 21 de Junio del 2024 por la editorial Vibras y está disponible en una variedad de formatos para satisfacer las preferencias de todos los lectores, incluyendo E-book, audio y papel. La novela ha trascendido fronteras, con traducciones a 25 idiomas, lo que refleja su alcance global y permite a una audiencia internacional experimentar este viaje a través del terror psicológico, todo bajo la pluma del talentoso autor Marcos Orowitz.